lunes, 19 de julio de 2010

Biodiversidad de los suelos




Los suelos constituyen el segundo océano de la Tierra, el segundo gran manto fluido que cobija la vida (sólo las rocas desnudas serían las islas). Un océano oscuro, denso y plástico, que sustenta de largo la mayor biodiversidad del planeta. Los suelos tienen, como los mares, gran capacidad para amortiguar las variaciones de temperatura, debido a que atrapan el agua y el aire, dos colchones térmicos excelentes. Igual que en el mar hay capas de agua con distintas propiedades, en el suelo hay otras, que se llaman horizontes, con variadas composiciones y durezas, y hay seres vivos “planctónicos”, “pelágicos” y “abisales” del suelo.

La magnitud de la biodiversidad de los suelos es astronómica, inabarcable, muy superior a todo lo que habíamos imaginado. Estimaciones de hace unos 20 años daban unas 4.000-5.000 especies de procariotas (bacterias y arqueobacterias) por gramo de suelo, tantas como las que se citan en el más completo tratado de taxonomía bacteriana. Claro que definir una especie bacteriana es muy difícil debido a la proliferación de subespecies y variedades y al incesante flujo genético que se produce entre ellas. Sondeos más recientes hablan de decenas de miles de especies por gramo de suelo. Ahora hay que considerar que los suelos ocupan la mayoría de las tierras emergidas, que muchos se extienden varios metros hacia abajo, que la lista de especies cambia casi en su totalidad entre dos suelos situados a unas decenas de kilómetros de distancia, y dentro de cada suelo, en función de variables como profundidad, aireación, humedad, temperatura, etc. En cada suelo hay microambientes específicos, como la rizosfera, el conjunto de las raíces de las plantas, que forman los “bosques” del suelo, donde proliferan incontables organismos. Hay que considerar también que existen multitud de tipos de suelos repartidos por todo el mundo, con características físicas, químicas y estructurales diferentes, dependiendo de la roca madre, el clima o la antigüedad. Así empezaremos a hacernos una idea de cuál es la verdadera diversidad biológica del mundo.

La distribución de especies del suelo es también muy peculiar. Hay algunas especies comunes y con un rango amplio en su distribución geográfica, junto a muchas especies raras, con un porcentaje del total de individuos muy reducido. Se especula con que estas especies pueden constituir un reservorio de emergencia por si las características del medio cambian drásticamente. Se cree también que muchas de ellas son antiguas, organismos primitivos superados en la competencia por procariotas modernos más eficaces en el uso de los recursos, pero cuya naturaleza austera puede permitirles superar periodos de adversidad. La inmensa mayoría de los microorganismos del suelo no se pueden cultivar en laboratorio y no se conoce con exactitud su metabolismo (para determinar la diversidad se trocea el ADN de toda la muestra de suelo y se secuencian unos fragmentos cortos específicos, que se comparan con las bibliotecas genéticas de los organismos conocidos). Hay quien piensa que entre esa ingente variedad de microbios pueden encontrarse hipotéticos miembros de otros linajes de la vida, escindidos del tronco principal del árbol evolutivo antes de que surgiera el antecesor común de todos los seres vivos de la actualidad. Esos seres probablemente exhiban una bioquímica muy diferente y ya se ha emprendido la búsqueda de sus señales distintivas, como el uso de un código genético diferente o la preferencia por el arsénico, más común en la Tierra primitiva, en lugar del fósforo de los seres vivos actuales, para desempeñar las mismas funciones celulares (ambos elementos poseen propiedades químicas muy parecidas). Incluso podrían coexistir con nosotros microorganismos extraterrestres, procedentes de otros cuerpos del Sistema Solar.

Existe una inconmensurable diversidad de suelos. Los suelos rojos tropicales, endurecidos y pobres en nutrientes debido al lavado inmisericorde de los aguaceros torrenciales; los ácidos podsoles de las taigas y otros bosques de coníferas; los negros chernozems de las estepas ucranianas, los suelos más fértiles del mundo, con profundas capas de humus creadas en un clima continental (las lluvias primaverales provocan el crecimiento abundante de la hierba, y la materia orgánica no tiene tiempo de descomponerse totalmente durante el seco verano y el frío invierno); las austeras terras rossas mediterráneas, ricas en las arcillas que quedan tras la disolución de las calizas, de un color rojo herrumbre por la oxidación del hierro; los suelos de gley, grises, formados en zonas pantanosas; las turberas, con una gran acumulación de materia orgánica debido a su lenta descomposición por la falta de oxígeno y el frío..... Prácticamente no existen dos suelos idénticos. En la formación de un suelo intervienen multitud de factores: naturaleza de la roca madre, humedad, estacionalidad de las precipitaciones, temperatura, vegetación, microorganismos presentes en el suelo, acción del hombre... El suelo es un gigantesco ente vivo, que evoluciona y que necesita para formarse y persistir de la acción de los organismos. Hay mucha diferencia entre un montón de tierra y un suelo. El segundo es un medio altamente estructurado, con un espesor mínimo, una cierta cantidad de materia orgánica, una diferenciación en capas u horizontes, unas partículas estabilizadas por diversos tipos de uniones y una compleja red de interacciones ecológicas.

Un suelo puede formarse muy rápidamente (en menos de cien años), en climas húmedos y sobre cenizas volcánicas, muy ricas en diversos minerales, o sobre los depósitos aluviales de un río. La mayoría de los suelos tienen entre miles y decenas de miles de años. Algunos pueden formarse a un ritmo desesperadamente lento: tal es el caso de los que proceden de calizas duras en climas fríos (sólo crecen un centímetro cada 5.000 años). Claro que los suelos han tenido mucho tiempo para formarse. Los primitivos protosuelos constaban sólo de películas bacterianas y algales, cuyos procesos bioquímicos empezaron a alterar la roca madre. Durante muchos cientos de millones de años los organismos dominantes en los continentes fueron los líquenes, asociaciones entre algas y hongos, que pueden vivir en los lugares más inhóspitos, ya que los hongos son eficaces captando humedad y nutrientes y protegiendo a las algas y éstas los proveen de alimento orgánico producido en su fotosíntesis. Crecen muy lentamente, a veces menos de un mm por año, pero poco a poco van disgregando las rocas en sus componentes minerales. En una etapa posterior, hace unos 700 millones de años colonizaron el suelo los primeros musgos, y luego las primeras plantas vasculares. La dinámica del suelo está basada en gran parte en otras dos simbiosis. Las micorrizas son asociaciones entre las raíces de las plantas y hongos. El hongo aporta de nuevo la gran capacidad de captar agua y minerales de sus mucílagos y la planta le compensa con sustancias nutritivas. Otra simbiosis muy importante es la que se realiza entre las raíces de plantas de ciertas familias (notoriamente las leguminosas) con bacterias que son capaces de transformar el nitrógeno de la atmósfera en otras sustancias aprovechables por las plantas. Eric Triplett, un microbiólogo de la Universidad de Florida, piensa que se podrían insertar los genes que participan en la fijación de nitrógeno (genes nif) de las bacterias en otras plantas de mayor interés agrícola, como los cereales. Así se evitaría tener que usar los caros y antiecológicos abonos químicos nitrogenados.

Los suelos albergan los mayores organismos del planeta: las redes de filamentos blanquecinos de un mismo individuo del hongo Armillariella bulbosa, una especie americana, pueden ocupar más de 15 hectáreas, pesar más de 100 toneladas y tener más de 2.000 años de antigüedad. Muchos hongos se alimentan de materia muerta, pero otros son parásitos de plantas y animales e incluso hay algunos carnívoros, que estrangulan gusanos con un lazo o segregan sustancias pegajosas para que queden adheridos. En los suelos de los bosques podemos encontrar a los mixomicetos, organismos compuestos por múltiples células que se congregan en respuesta a estímulos químicos y que avanzan convertidos en una masa amorfa, reptante y gelatinosa, que engulle todo tipo de cosas, como criaturas de ciencia-ficción. El Instituto de Biología y Fertilidad de los Suelos Tropicales (TSBF) busca desde 2.002 organismos indicadores de la fertilidad o pobreza de los suelos y también organismos útiles para los humanos. Por ejemplo, en México han encontrado que el hongo Acaulospora es muy efectivo para formar simbiosis con las raíces de plantas con bulbos. Isabelle Barrois, una investigadora del Instituto de Ecología de Xalapa, afirma en Nature que este hongo podría ayudar también a reemplazar los abonos nitrogenados. El potencial de estos organismos es enorme: los hongos y los protozoos del suelo son aún más difíciles de cultivar que las bacterias, por lo que conocemos un porcentaje aún menor de su diversidad.

El metabolismo de los procariotas es inconcebiblemente variado: hay organismos que necesitan el oxígeno y otros para los que es un veneno; seres heterótrofos, que se alimentan de materia orgánica previamente fabricada, y autótrofos, que pueden obtener por sí mismos la energía para vivir, tanto de la luz solar como de muchas clases de sustancias minerales. Otros extraen el carbono de sustancias orgánicas y usan la luz para obtener energía. Los procariotas que usan la luz solar pueden utilizar como donante de electrones el agua, como las plantas, el hidrógeno o el sulfuro de hidrógeno, H2S (éstos no producen oxígeno como subproducto, sino azufre). El sulfuro de hidrógeno puede proceder de otras bacterias que respiran sulfatos. Hay otras bacterias que oxidan el azufre a sulfato, cerrando el ciclo. Otros procariotas oxidan el hierro, el hidrógeno o el nitrógeno, obteniendo energía de ello. Los procariotas tienen una importancia fundamental en los ciclos globales de nutrientes. Hay bacterias que fijan el nitrógeno atmosférico a amoniaco y nitratos, y otras parten de los nitratos hasta producir nitrógeno molecular, que escapa a la atmósfera; algunas bacterias producen metano como producto de desecho y otras lo aprovechan; etc. Los procariotas que se alimentan de materia orgánica pueden comer prácticamente de todo: lignina y celulosa de la madera, quitina de los caparazones de los artrópodos y de las paredes de los hongos, queratina de pelos y uñas, alcoholes, muchos plásticos y todo tipo de hidrocarburos del petróleo, compuestos organoclorados y organofosfatados, herbicidas, insecticidas, detergentes, etc. En este sentido son notables las bacterias del género Pseudomonas, algunas de cuyas especies pueden alimentarse de más de 100 sustancias diferentes. Ciertas bacterias tienen también la capacidad de neutralizar la toxicidad de metales pesados, lo que las hace muy útiles en proyectos de biorremediación de zonas contaminadas.

En comparación con los microorganismos, los animales presentan una diversidad muy escasa, pero aún así se estima en decenas de millones el número de especies de nematodos, gusanos ubicuos que desempeñan todo tipo de papeles ecológicos; tardígrados, rechonchos animalillos ultrarresistentes (por ejemplo, aguantan decenas de años de desecación); colémbolos, seres saltarines y diminutos emparentados con los insectos; hormigas y termitas, los más importantes en términos de biomasa; babosas y caracoles, larvas de insectos, ácaros, cochinillas de la humedad, milpiés y lombrices, las más importantes artífices del suelo, gran parte del cual está formado por sus excrementos. Las lombrices realizan la mayor parte del intercambio vertical de sustancias en el suelo, como demostró un paciente anciano que podría haber pasado a la historia de la biología solamente por ese estudio: Charles Darwin.

Suelos y cambio climático

Los suelos juegan un papel mucho más importante del que se había supuesto en el calentamiento global. En los últimos años se ha descubierto que constituyen un sumidero de carbono mucho mayor del que se creía. En el suelo hay mucha materia orgánica sin descomponer y abunda incluso a niveles profundos. El aumento de las temperaturas y la erosión hacen que se acelere la oxidación de los compuestos carbonados, dando lugar a CO2 que escapa a la atmósfera incrementando el efecto invernadero. Además, en el Ártico y zonas adyacentes, la cantidad de carbono almacenada en los suelos es el doble de lo que se había estimado previamente. La descongelación de estos suelos puede hacer que acabe en la atmósfera y los océanos gran parte de ese carbono.


Nota: artículo publicado en el número 350 de "Muy interesante".

miércoles, 14 de julio de 2010

Las ruedas de los animales



Una mulefa


Richard Dawkins, el autor de "El gen egoísta", escribió en 1.996 su artículo "¿Y por qué no tienen ruedas los animales?". En el decía:

" La rueda es un arquetípico y proverbial invento humano. No solo viajamos sobre ruedas; son las ruedas (perdónenme) las que hacen que el mundo gire. Desmonte cualquier máquina de una complejidad mayor a la rudimentaria, y encontrará ruedas. Las hélices de los barcos y los aviones, taladros, tornos -nuestra tecnología funciona sobre ruedas y se paralizaría sin ellas...

...En cuanto los humanos tienen una buena idea, los zoólogos se han acostumbrado a encontrar las mismas ideas anticipadas en el reino animal. ¿Por qué la rueda no?

Los murciélagos y los delfines han perfeccionado sofisticados sistemas de localización por eco millones de años antes de que los ingenieros humanos nos dieran el sónar y el rádar. Las serpientes tienen detectores de calor por infrarrojos para detectar a las presas, precediendo al misil Sidewinder. Dos grupos de peces, uno en el Nuevo Mundo y otro en el Viejo, han desarrollado independientemente la batería eléctrica, en algunos casos asestando corrientes suficientemente fuertes para aturdir a un hombre, en otros casos utilizando los campos eléctricos para navegar a través de aguas turbias. Los calamares tienen propulsión a chorro, permitiéndoles subir a la superficie a 70 km/h y disparar a través del aire. Los grillos moteados tienen el megáfono, excavando una trompa doble en el suelo para amplificar su ya asombrosamente ruidosa canción. Los castores tienen la presa, inundando un lago privado para tener su propio conducto seguro a través del agua.

Los hongos desarrollaron los antibióticos (por supuesto, de ahí obtenemos la penicilina). Millones de años antes de nuestra revolución agraria, las hormigas plantaban, escardaban y abonaban jardines de hongos. Otras hormigas cuidaban y ordeñaban su propio ganado de pulgones. La evolución darwiniana ha perfeccionado la aguja hipodérmica (el aguijón de las avispas), la bomba de válvulas (corazón), el arpón (dardo letal del caracol), la caña de pescar (pez pescador), la pistola de agua (el pez arquero asesta chorros de agua para hacer caer a los insectos de los árboles), las lentes de enfoque automático, el fotómetro, el termostato, la bisagra, el reloj y el calendario. ¿Por qué la rueda no?

Hoy en día, es posible que la rueda nos parezca maravillosa solo en contraste con nuestras indistinguibles piernas. Antes de que tuviéramos motores propulsados por combustible (energía solar fosilizada), éramos superados fácilmente por las patas de los animales. No es de extrañar que Ricardo III ofreciera su reino por un transporte de cuatro patas. También demostramos nuestra inferioridad contra otros corredores de dos patas, como las avestruces o los canguros.

Quizá la mayoría de los animales no se beneficiaría de las ruedas porque pueden correr muy rápidamente con patas. Después de todo, hasta hace muy poco, todos nuestros vehículos eran tirados por la fuerza de las patas...

... Hay otra manera en la que nos arriesgamos al sobrevalorar la rueda. La rueda depende, para una eficiencia máxima, de un invento anterior: la carretera, u otra superficie dura y lisa. Un motor potente permite a un vehículo batir a un caballo o un perro o un guepardo en una carretera plana y dura o en lisos raíles de hierro. Pero haga la carrera en el bosque salvaje o en un campo arado, quizá con cercas y zanjas de por medio, y será una derrota: el caballo dejará al coche dando botes y probablemente volcando. Teniendo en cuenta la relación de tamaño, una araña corredora es con toda seguridad más rápida que cualquier vehículo con ruedas.

Bueno, entonces a lo mejor deberíamos cambiar nuestra pregunta. ¿Por qué no han desarrollado los animales la carretera? No hay una gran dificultad técnica. La carretera deber ser un juego de niños comparado con el embalse de un castor o el adornado jardín de un pájaro jardinero. Hay algunas avispas excavadoras que prensan el suelo con una herramienta de piedra. Según cabe presumir, estas habilidades pueden ser utilizadas por animales mayores para apisonar una carretera.

Ahora llegamos a un problema inesperado. Incluso si la construcción de carreteras es técnicamente factible, es una actividad peligrosamente altruista. Si yo, como individuo, construyo una buena carretera desde A hasta B, usted podría beneficiarse de ella tanto como yo. ¿Por qué debería importar esto? Esto muestra uno de los aspectos más tormentosos y sorprendentes de todo el darwinismo, el aspecto que inspiró mi primer libro, El Gen Egoísta. El darwinismo es un juego egoísta. Construir una carretera que podría ayudar a otros será penalizado por la selección natural. Un individuo rival se beneficia de mi carretera, pero él no paga el coste de construirla.

La selección darwiniana favorecerá la construcción de carreteras sólo si el constructor se beneficia de la carretera más que sus rivales. Los parásitos egoístas, que usan tu carretera y no se molestan en construír la suya propia, serán libres de concentrar sus energías en reproducirse más que usted. A menos que se tomen medidas especiales, la tendencia genética hacia una explotación perezosa y egoísta florecerá a expensas de la industriosa construcción de carreteras. El resultado será que no se construirá ninguna carretera. Con el beneficio de la previsión, nosotros podemos ver que todo el mundo se beneficiará. Sin embargo, la selección natural, a diferencia de los humanos con nuestro gran cerebro recientemente desarrollado, no tiene previsión.

¿Qué tenemos de especial los humanos, que hemos conseguido superar nuestros instintos antisociales y hemos construido carreteras que todos podemos compartir? Tenemos gobiernos, impuestos, trabajos públicos a los que todos nos suscribimos, queramos o no. El hombre que escriba "Señor, es usted muy amable, pero creo que prefiriría no unirme a su esquema de impuestos sobre la renta" podemos estar seguros que tendrá noticias de Hacienda. Desafortunadamente, ninguna otra especie ha inventado el impuesto. Sin embargo, han inventado la valla (virtual). Un individuo puede asegurarse el beneficio exclusivo de un recurso si lo defiende activamente contra los rivales.

Muchas especies de animales son territoriales, no sólo las aves y los mamíferos, sino también los peces y los insectos. Defienden un área contra rivales de la misma especie, a menudo para asegurar una zona privada de alimento, o una pérgola de cortejo o zona de nidaje. Un animal con un territorio grande se podría beneficiar construyendo una red de buenas carreteras planas a través del territorio del que los rivales son excluídos.

Esto no es imposible, pero tales carreteras animales serían demasiado locales para los viajes de larga distancia y alta velocidad. Las carreteras de cualquier tipo estarían limitadas al pequeño área que un individuo puede defender contra los rivales genéticos. No es un comienzo favorable para la evolución de la rueda.

Ahora debo mencionar que existe una reveladora excepción en mi premisa. Algunas criaturas pequeñas han desarrollado la rueda en el sentido más amplio de la palabra. Uno de los primeros dispositivos de locomoción desarrollados puede haber sido la rueda, dado que durante la mayor parte de sus primeros 2.000 millones de años, la vida no consistió en otra cosa que en bacterias, pero incluso nuestras células bacterianas personales superan en mucho a nuestras "propias" células.

Muchas bacterias siguen utilizando hélices espirales con forma de rosca, cada una manejada por su propio eje en continua rotación. Se solía pensar que estos "flagelos" se agitaban como las colas, dando la apariencia de una rotación espiral, resultado de un movimiento ondulatorio a lo largo del flagelo, como el meneo de una serpiente. La verdad es mucho más notable. El flagelo bacteriano está unido a un eje manejado por un pequeño motor molecular, y rota libre e indefinidamente en un agujero de la pared celular.

El hecho de que sólo las criaturas muy pequeñas hayan desarrollado la rueda sugiere la que puede ser la razón más plausible por la que las criaturas mayores no lo han hecho. Es una razón algo mundana y práctica, pero de ninguna manera es la menos importante. Una criatura grande necesitaría grandes ruedas, que, a diferencia de las ruedas hechas por el hombre, tendrían que crecer in situ en vez de ser construidas separadamente a partir de materiales muertos y luego montadas. Para un organismo viviente de gran tamaño, el crecimiento in situ demanda sangre o su equivalente. El problema de suministrar vasos sanguíneos a un órgano en rotación libre, sin mencionar los nervios, y evitando que se líen nudos entre ellos, es demasiado gráfico para que necesite mayor explicación.

Los ingenieros humanos podrían sugerir que se hicieran conductos concéntricos para llevar sangre desde el centro del eje hasta el centro de la rueda. Pero ¿cómo habrían sido las partes intermedias en la evolución? Las mejoras de la evolución son como escalar una montaña (Montaña Improbable). No se puede saltar desde la base de un acantilado hasta la cumbre de un salto. El cambio súbito y precipitado es una opción para los ingenieros, pero en la naturaleza salvaje, la cima de la Montaña Improbable puede alcanzarse sólo si se puede encontrar una rampa gradual hacia arriba desde un punto de inicio dado.

La rueda puede ser uno de esos casos en los que la solución tecnológica puede verse a simple vista, pero ser inalcanzable con la evolución porque yace al otro lado de un valle profundo que atraviesa el macizo de la Montaña Improbable."

Se le podría recordar a Dawkins, sin embargo, que algunos animales han aprovechado las virtudes de la rueda convirtiéndose ellos mismos en ruedas. La polilla Pleurotia ruralis es muy común, pero sólo recientemente se ha descubierto que cuando es perturbada se enrolla con sus pequeñas patas hacia adentro, formando una rueda perfecta que rueda pendiente abajo con sorprendente facilidad. Aún más mérito tiene la salamandra delgada de California, que vive en las laderas escarpadas de Sierra Nevada. Sus patas se extienden a los lados y posee huesos que pueden fracturarse. Pero este anfibio escapa de sus enemigos flexionando increíblemente su cuerpo, arrollando su cola en espiral a un lado y pegando mucho al cuerpo sus patas. Sobrevive a vertiginosos descensos dando botes entre las rocas gracias a su piel lisa y elástica como la goma.

En su descomunal tocho del año 2.004, "El cuento del antepasado" (una lectura muy atrayente, ya que es una historia de la evolución contada de un modo muy peculiar: los diferentes grupos de organismos vivos emprenden una peregrinación hacia el pasado, hacia sus orígenes evolutivos, encontrándose con nosotros en diferentes puntos del camino, donde relatan sus historias), Dawkins repite los párrafos anteriores pero introduce una sugerente novedad. Resulta que el escritor de libros fantásticos Philip Pullman, autor de la fascinante trilogía "La materia oscura", inventa en ella un modo en que los animales adquieren ruedas perfectamente compatible con la selección natural: "Existe un benévolo animal con trompa, la mulefa, que ha evolucionado como simbionte de un árbol gigantesco que da vainas duras y circulares, parecidas a ruedas. La mulefa tiene pies dotados de una espuela dura y pulida que, encajándose en un orificio en el centro de la vaina, la hace funcionar como una rueda. Los árboles sacan partido de la simbiosis porque cuando con el tiempo, como inevitablemente ocurre, una rueda se desgasta y es desechada, la mulefa dispersa las semillas que se hallan dentro de la vaina. Los árboles han evolucionado para poder devolver el favor, ya que producen vainas perfectamente circulares, provistas de un orificio en el centro para el eje de la mulefa, en el que además segregan un aceite lubricante de alta graduación. Las cuatro patas de la mulefa están dispuestas formando un diamante: las dos situadas en sentido longitudinal a lo largo de la línea media del cuerpo se insertan en las ruedas, mientras las otras dos, colocadas una a cada lado a la altura de la mitad del cuerpo, no tienen ruedas y se usan para empujar al animal como si fuese uno de aquellos velocípedos primitivos sin cadena ni pedales. Pullman señala hábilmente que el sistema entero sólo es posible gracias a una característica geológica del mundo en que viven tales criaturas: en la sabana hay largas formaciones basálticas que sirven como carreteras naturales."

lunes, 5 de julio de 2010

¿Hacia dónde nos llevará la biotecnología?






El escritor polaco de ciencia ficción Stanislaw Lem, nos ofrece una visión delirante y caótica de cómo afectará la biotecnología en nuestro futuro. Esta visión, no obstante, está basada en la observación de los movimientos sociales, políticos e ideológicos que han surgido en la historia humana. A pesar de lo estrambótico de las situaciones, sentimos que la lógica con que se llega a ellas nos es muy familiar. Copio algunos extractos del "Viaje vigésimoprimero" del tomo IV de los "Diarios de las estrellas. Viajes y memorias". Podéis leer el capítulo entero (y todo el libro; os recomiendo también el capítulo "Salvemos el Cosmos", sobre el ecologismo galáctico) aquí.


“ El joven hermano me aconsejó empezar mis estudios por un manual de historia dictoniana, escueto pero instructivo, escrito por Abuz Gragz, historiador oficial, pero «relativamente bastante objetivo», según me dijo. Seguí esta sugerencia.

Hasta alrededor del año 2300, los dictonianos se parecían todavía a los hombres como
hermanos gemelos. A pesar de que los progresos de la ciencia eran acompañados por la
laicización de la vida, el duismo, religión preponderante en Dictonia durante veinte siglos,imprimió su huella en el desarrollo ulterior de la civilización del planeta. El duismo promulga la creencia de que cada vida conoce dos muertes, la anterior y la posterior, o sea, la de antes del nacimiento y la de después de la agonía. Los teólogos dictonianos se hacían cruces, estupefactos, cuando tiempo después, conocían de mi boca que nosotros,los terrestres, no pensábamos así y que había iglesias que sólo se interesaban por una, o sea la existencia posmortuoria. No podían comprender por qué a la gente le era desagradable la idea de su futura desaparición y, en cambio, no les molestaba pensar que antes de nacer no estaban en el mundo.

El duismo modificó su esencia dogmática en el transcurso de los siglos, pero siempre
demostró un gran interés por la problemática escatológica, lo que condujo precisamente,según el profesor Gragz, a emprender, tiempo atrás, el intento de poner en marcha una tecnología inmortalizadora. Como se sabe, nos morimos porque envejecemos, y envejecemos, es decir, sufrimos deterioros corporales, por culpa de la pérdida de informaciones imprescindibles: las células olvidan con el tiempo qué deben hacer para no desintegrarse. La naturaleza suministra este conocimiento, de manera constante, sólo a las células del sistema reproductivo, porque las otras le importan un comino. Así pues, el envejecimiento consiste en el despilfarro de informaciones de una importancia vital.

Bragger Fizz, el inventor del primer lnmortalizador, construyó un dispositivo al cuidado del organismo del hombre (usaré este término hablando de los dictonianos, porque me es más cómodo), que recogía cada pizca de información perdida por las células corporales y se la introducía de nuevo. Dgunder Brabz, el primer dictoniano que se prestó al experimento de perpetuización, fue inmortal sólo un año. No pudo aguantar más, porque le cuidaba un equipo de sesenta máquinas que clavaban miles de millones de invisibles alfileritos de oro en todos los recovecos de su organismo. No podía moverse y vivía una vida de tristeza en medio de una verdadera planta industrial (llamada la perpetuandería). Dobder Gwarg, el candidato siguiente a inmortal, podía ya pasearse, pero le acompañabasiempre una columna de tractores pesados, cargados de aparatos perpetuizadores. También él, a su vez, se suicidó por motivos de frustración.

Sin embargo, persistía la opinión de que gracias al progreso de esa tecnología se
inventarían unos microperpetuadores. Desgraciadamente, Haz Berdergar demostró, en
base a unas operaciones matemáticas, que PEPITA (Perpetuador Personal de
Inmortalización Totalmente Automática) tenía que pesar por lo menos 169 veces más que
el inmortalizado, siempre y cuando se lo construyese conforme al plan típico de la
evolución, ya que, como dije antes y como saben nuestros científicos, la naturaleza se preocupa únicamente por el puñado de células reproductoras de cada individuo, y manda el resto al cuerno.

La disertación de Haz causó una impresión enorme y hundió la nación en una profunda
depresión: la humanidad comprendió que no se podía traspasar la Barrera de la
Mortalidad sin despojarse simultáneamente del cuerpo hecho por la Naturaleza. En la
filosofía, el razonamiento de Berdergar encontró la reacción en la famosa doctrina del gran pensador dictoniano Donderwars. Su tesis afirmaba que la muerte espontánea no podía llamarse muerte natural. Lo natural es digno y honesto, mientras que la mortalidad era un escándalo y una infamia a escala cósmica. La universalidad del crimen no atenúa en lo más mínimo su infamia. Tampoco tiene la menor importancia para la apreciación de un crimen el hecho de haberse dejado prender, o no, su autor. La naturaleza se comportó con nosotros de manera canallesca, confiándonos una misión aparentemente llena de encanto y, en realidad, desprovista de esperanza. Cuanta más sabiduría se adquiere en la vida, más cerca se está del nicho. Puesto que ninguna persona de moralidad elevada puede asociarse con asesinos, es inadmisible la colaboración con la bellaca Naturaleza. Sin embargo, el entierro es un acto
de cooperación bajo la forma de juego a la gallina ciega. Lo que se pretende es esconder a la víctima, como suelen hacer los cómplices de un crimen; en las losas sepulcrales se graban muchas cosas insignificantes, pero nunca las esenciales: si los hombres se atrevieran a enfrentarse con la verdad, estamparían en ellas una buena sarta de maldiciones dedicadas a la Naturaleza, ya que es ella quien arregló nuestro destino. En cambio, nadie dice esta boca es mía, como si un asesino tan hábil que se volatiliza siempre, mereciera encima por ello una consideración especial. En vez de «Memento mori», hay que repetir «Exite ultores» y perseguir la inmortalidad, aún al precio de la pérdida del aspecto tradicional: éste era el testamento ontológico del eximio filósofo.”

“El Padre Superior me explicó que el duismo era una fe en Dios despejada de dogmas
que se habían enranciado progresivamente en el transcurso de las revoluciones bióticas. La Iglesia atravesó la crisis más grave cuando fue desautorizado el dogma del alma inmortal, comprendida en el sentido de una perspectiva de vida eterna. La dogmática fue atacada en el Siglo XXV por tres técnicas sucesivas: las de congelación, inversión y espiritualización. La primera consistía en convertir al hombre en un bloque de hielo, la segunda, en invertir la dirección del desarrollo individual, la tercera en manipular a su antojo la conciencia humana. El ataque de la frigidación pudo aún ser combatido, gracias a la afirmación de que la muerte sufrida por el hombre congelado y vuelto a resucitar, no era idéntica a la que, como dicen las Sagradas Escrituras, es seguida por la partida del alma al Más Allá. Era una explicación imprescindible, porque, si no se hiciera esta diferencia, un resucitado tendría que saber alguna cosa sobre el lugar en el cual estaba
su alma durante los cien o varios centenares de años de su permanencia fuera de la vida.

Algunos teólogos, Gauger Drebdar entre otros, creían que la verdadera muerte acaecía
sólo después de la descomposición del cuerpo («y en polvo te convertirás»), pero esta
versión tuvo que ser abandonada después de la puesta en marcha del llamado campo de
resurrección, que componía al hombre vivo precisamente de polvo, es decir, del cuerpo
hecho de polvo de átomos, ya que tampoco en ese caso el resucitado sabía nada si, y
dónde, su alma se iba mientras tanto. El dogma se conservó gracias a una política de
avestruz: se evitó cuidadosamente definir cuándo la muerte era ya tan contundente que el alma podía, sin lugar a dudas, desprenderse del cuerpo. Sin embargo, sobrevino luego la ontogénesis inversible; su técnica no fue concebida especialmente para atacar la fe, pero resultó muy eficaz en la liquidación de los vicios de desarrollo del feto: gracias a ella, se aprendió a practicar la detención y regresión de dicho desarrollo, después de invertirlo totalmente, para volver a iniciarlo a partir de la célula fecundada. Pronto se vio comprometido el dogma de la inmaculada concepción, junto con el de la inmortalidad del alma, todo de un golpe, puesto que, gracias a la retroembrionalización, se podía hacer volver atrás cada organismo a través de todas las frases anteriores e, incluso, causar una
nueva escisión de la célula fecundada que le había dado origen, en óvulo y
espermatozoide. Era, verdaderamente, un problema muy embrollado, visto que, según el dogma, Dios creaba el alma en el momento de la fecundación; y si se podía invertir y, por tanto, anular la fecundación separando sus dos componentes, ¿qué pasaba con el alma ya creada? El producto secundario de esa técnica era la clonación, es decir, la incitación de cualquier célula, tomada de un cuerpo vivo, a desarrollarse en un organismo normal; igual servían células de la nariz, talón, mucosa de la boca, etc. Como en esta clase de creación no intervenía para nada la fecundación, no cabía duda de que funcionaba allí la biotécnica de la inmaculada concepción, que fue explotada a escala industrial. También se sabía ya invertir, acelerar o desviar la embriogénesis, de modo que un embrión humano podía convertirse, por ejemplo, en el de un mono; en tal caso, ¿qué le sucedía al alma? ¿Era estirada y comprimida como un acordeón o, tal vez, después de ser cambiada la marcha de la vía humana a la simiesca, se perdía por el camino? Sin embargo, según el dogma, el alma no podía, una vez creada, ni desaparecer ni disminuir, ya que era una unidad indivisible. Hubo quien empezó a pensar si no se debía lanzar anatema sobre los ingenieros embrionistas, pero no lo hicieron, y con razón, porque iba tomando un gran auge la ectogénesis. Al principio pocos y después ya nadie nacía de varón y hembra, sino de una célula encerrada en una matriz artificial, y, en verdad, era difícil negar los sacramentos a toda la humanidad a causa de haber nacido por el sistema de partenogénesis. “

“Viendo que el movimiento teológico quedaba distanciado por el progreso técnico, el
Concilio del año 2542 fundó la orden de los Padres Prognositas, encargándoles trabajos futurológicos dentro de la esfera de los intereses de la santa fe, ya que la necesidad de anticipar su destino en el porvenir era urgentísima. La inmoralidad de las tecnologías nuevas asustaba no sólo a los creyentes: gracias a la clonación, por ejemplo, se podían producir, además de individuos normales, unos seres biológicos, pero casi sin cerebro,aptos para trabajos mecánicos, y, peor todavía, tapizar muebles y paredes con tejidos de hombres y animales, cultivados adrede para este uso. Se fabricaban también insertos y clavijas para reforzar o debilitar la inteligencia, se despertaban estados de éxtasis místico en las computadoras y en los líquidos, se convertía una célula de hueva de rana en un sabio, provisto de cuerpo humano o animal, o bien de una forma nueva, hasta entonces desconocida, proyectada por especialistas en embriología. Hubo varias protestas contra esta actividad, incluso en el mundo seglar, pero no se les dio satisfacción.”

“Supe, gracias al profesor, que en el ano 2401 Byg Broggar, Dyr Daagard y Merr Darr
abrieron las puertas de par en par sobre la perspectiva de una ilimitada libertad
autoevolutiva. Los tres científicos creían profundamente que el Homo Autofac Sapiens
creado gracias a su invento alcanzaría la plenitud de armonía y felicidad, dándose a si mismo las formas del cuerpo y virtudes del alma por él escogidas como las más perfectas, y que sobrepasaría la Barrera de Mortalidad si lo quisiera; en una palabra, demostraron en el curso de la Segunda Revolución Biótica (a la primera se deben los espermatozoides productores de bienes de consumo), el maximalismo y optimismo típicos de la historia de la ciencia. ¿Acaso no surgen esperanzas parecidas a cada aparición de una tecnología grande y nueva?

En sus comienzos, la ingeniería autoevolutiva, o sea, el llamado movimiento de
embrioconstrucción, parecía desarrollarse de la manera prevista por sus sabios
inventores. Los ideales de salud, armonía, belleza espiritual y corporal se generalizaron, las leyes constitucionales garantizaban a cada ciudadano el derecho a poseer los caracteres psicosomáticos más apreciados. Pronto fueron considerados como unos vestigios de antigüedad todas las deformaciones y lesiones hereditarias, la fealdad y la estupidez. No obstante, todo desarrollo se caracteriza por su marcha hacia adelante que le imprime sin cesar el movimiento del progreso; las cosas no quedaron, pues, en la fase descrita. Los signos de cambios siguientes parecían tener al principio un cariz inocente. Las muchachas se ponían guapas gracias al cultivo de joyería cutánea y de otros primores del cuerpo (orejas acorazadas y uñas de perla); los muchachos lucían con orgullo patillas y barbas por delante y por detrás, crestas en la cabeza, dobles hileras de dientes, etc.

Veinte años después hicieron su aparición los primeros partidos políticos. Mientras leía, tardé un poco en comprender que la palabra «política» no significaba en Dictonia lo mismo que sobre la Tierra. La contrapartida de programa político que postulaba la multiplicación de formas corporales, era el programa monótico que reivindicaba el reduccionismo, es decir, la necesidad de desprenderse de unos órganos consideradoscomo superfluos por los monóticos del partido.”

“Desde los albores de la autoevolución desgarraban el campo del progreso corporal
profundas diferencias de opiniones sobre las cuestiones esenciales. La oposición de los conservadores desapareció ya cuando el gran descubrimiento no contaba más de
cuarenta años; se los llamaba siniestros reaccionarios. Los progresistas, en cambio, se fraccionaron en golpistas, medianistas, multicistas, liniófilos, blandistas y otros muchos partidos más, cuyos nombres y programas se me borraron de la memoria. Los golpistas exigían que las autoridades determinaran un prototipo corporal perfecto, para imponerlo a todos de golpe. Los medianistas, cuya ideología estaba más impregnada de criticismo, juzgaban que no era posible crear una belleza perfecta de forma tan inmediata, y se proclamaban más bien partidarios de un camino hacia el cuerpo ideal, pero no precisaban de manera inequívoca de qué camino se trataba y, en primer lugar, si éste podía ser desagradable para las generaciones intermedias. Respecto a ese problema, se dividían en dos fracciones. Otros partidos, los de liniófilos y multicistas, por ejemplo, afirmaban que valía la pena disponer de varios aspectos para ocasiones distintas y decían que el hombre no era peor que los insectos: si estos últimos podían pasar por metamorfosis durante su vida, al hombre le correspondía el mismo derecho. El niño, el chico, el joven, el hombre adulto, serían personificaciones de modelos esencialmente diferentes. Los blandistas eran los más radicales de todos: desaprovechaban el esqueleto como una cosa anticuada, pregonaban el abandono de la constitución vertebrada y postulaban la plasticidad enteramente blanda. Un blandista podía modelarse y amasarse a si mismo a su gusto. No cabe duda de que era una solución muy práctica para locales pequeños y trajes y se arrollaban hasta conseguir las formas más estrambóticas, para expresar su
estado de ánimo según la situación y circunstancia, por el automodelaje de su cuerpo; sus adversarios poli y monóticos les daban el despreciativo nombre de charcosos.

Para contrarrestar la amenaza de la anarquía corporal fue instaurado el BUPROCUPS
(Buró de Proyectos de Cuerpo y Psique), que debía suministrar al mercado planos
transformativos, variados pero bien estudiados y comprobados. Sin embargo, no se había llegado todavía a un acuerdo respecto a la orientación básica de la autoevolución: se trataba de decidir si debían producirse cuerpos que hicieran la vida lo más agradable posible, o los que facilitasen a los individuos la integración más eficaz en la sociedad; optar por el funcionalismo o la estética, favorecer la fuerza del espíritu o la de los músculos. Era fácil refugiarse en vaguedades y tópicos sobre la armonía y la perfección; sólo que la práctica demostraba que no todos los rasgos excepcionales eran susceptibles de ser fusionados. Había muchos que se excluían mutuamente.

En todo caso, la repulsa al hombre natural estaba en su apogeo. Los especialistas se
extendían sobre el primitivismo y la negligencia del trabajo de la Naturaleza; en los
escritos del campo de cuerpometría e ingeniería somática de la época se manifestaban
claramente las influencias de la doctrina de Donderwars. Se criticaba duramente los fallos del organismo natural, su marcha senilizante hacia la muerte y la tiranía de viejos impulsos sobre la razón, más reciente. Las revistas científicas rebosaban de voces airadas contra los pies planos, tumores, hernias discales y un sinfín de otros males causados por la chapucería evolutiva y desidia de lo que llamaban el trabajo de topo de la evolución derrochadora y falta de ideología; en una palabra: ciega.

Al cabo de tantas generaciones los descendientes parecían vengarse de la Naturaleza
por aquel silencio pasivo con el cual sus antepasados tuvieron que tragarse la revelación del origen simiesco del hombre dictoniano; todos se mofaban del llamado período arbóreo; al parecer, en aquella época unos animales empezaron a refugiarse en los árboles y luego, cuando los bosques desaparecieron a causa de la estepificación, tuvieron que bajar de ellos demasiado pronto. Según algún que otro crítico, la antropogénesis era debida a los terremotos que tiraban al suelo a todo bicho viviente, siendo así que los hombres fueron creados, en cierto modo, por el método de pera madura. Eran, evidentemente, unas simplificaciones muy exageradas, pero burlarse de la Naturaleza era entonces de buen tono.

Mientras tanto, BUPROCUPS perfeccionaba los órganos internos,proveía la columna vertebral de una mejor suspensión y fortaleza, fabricaba corazones y riñones de recambio; pero todo esto no satisfacía a los extremistas, que pugnaban bajo
consignas demagógicas como: ¡Fuera la cabeza! (por no ser lo bastante amplia),
«¡Cerebro al vientre!» (porque allí había más sitio), etc.

Las controversias más violentas surgieron en torno a la cuestión del sexo, ya que
mientras unos encontraban que todo en él era de pésimo gusto y que, para arreglarlo,
había que inspirarse en las flores y las mariposas, otros, reprendiendo a aquellos
platónicos por su fariseísmo, exigían por el contrario la amplificación y escalada de lo que ya existía. Cediendo a la presión de grupos extremistas, BUPROCUPS abrió buzones de proyectos de racionalización en ciudades y aldeas. Aludes de propuestas colmaron los despachos y la cantidad de funcionarios creció vertiginosamente; al cabo de diez años la burocracia oprimió tanto la autocreación que BUPROCUPS se fragmentó en asociaciones, comisiones e institutos, tales como COBRA (Comisión de Bellos Rasgos), SESO (Sociedad de Extremidades Sanas y Ornamentales), IPORRA (Instituto de Popularización Radical de Renovación Anatómica), y otros varios. Proliferaron congresos, cursillos sobre la forma de los dedos, se discutía acerca de la jerarquía y el futuro de la nariz; de las perspectivas para la región sacrolumbar, etc., perdiendo de vista el conjunto del problema, con tal resultado que lo que proyectaba una sección no se ajustaba a la producción de las otras. Nadie dominaba ya la problemática llamada en abreviatura EA(Explosión Automórfica), así que para liquidar finalmente todo aquel caos, se entregó la gestión del campo de la biótica al COMPUSOPSI (Computador Somático Psíquico).”

“ Volví a mi celda y a la lectura de un nuevo tomo de historia, donde se describía la Era de Centralización del Corporalismo. El COMPUSOPSI funcionaba al principio a satisfacción de todo el mundo, pero pronto aparecieron sobre el planeta unos seres nuevos: dobletes, tripletes, cuadrupletes, más tarde octavones y finalmente, los que no querían terminarse de manera calculable, ya que durante la vida siempre les crecía algo nuevo. Era la consecuencia de unos defectos, o sea, una errónea reiteración de los programas; en palabras más sencillas: la máquina empezó a tartamudear. Sin embargo, como el culto de su perfección imperaba, la gente
intentaba loar estos vicios automórficos, llegando a mantener, por ejemplo, que la
incesante brotación y frondosidad, precisamente, era la expresión más convincente de la naturaleza proteica del hombre. Aquel ambiente de lisonja retrasó la reparación del COMPUSOPSI, causando la creación de los llamados infinitistas y potencos(potencia n), que perdieron la orientación en su propio cuerpo, de tanto que tenían. Se perdían en él, formando enredos y nudos; a veces no se los podía desliar sin llamar a los médicos de urgencia. La reparación del COMPUSOPSI no dio resultado. Finalmente le cambiaron el nombre por el de COMPUCHATARRA y lo hicieron volar con explosivos. El alivio que reinó después no duró mucho, ya que volvió la terrible pregunta: ¿qué debía hacerse con el cuerpo?

Por primera vez se dejaron oír entonces unas voces tímidas que proponían la vuelta al
aspecto antiguo, pero fueron acusadas de reaccionarismo obtuso. En las elecciones del
año 2520, vencieron los Antojistas o Relativistas, porque gustó su programa demagógico, según el cual cada hombre podía escoger sus formas a su antojo; las limitaciones sólo podían ser funcionales: el arquitecto corporalista del barrio daba el visto bueno a los proyectos aptos para una existencia confortable, sin preocuparse por lo demás. BUPROCUPS lanzaba al mercado avalanchas de esos proyectos.

Los historiadores llaman a la fase de automorfía regida por el COMPUSOPSI la época de centralización, y a los años que vinieron después, la de reprivatización.
Al confiar el cuidado del aspecto humano a la iniciativa privada, se provocó, al cabo de unos decenios, una crisis nueva. Por otra parte, algunos filósofos venían explicando que cuanto mayor era el progreso más numerosas eran las crisis, y que si éstas faltaban se las debía organizar adrede, ya que activaban, unían, despertaban el entusiasmo creador y el espíritu de lucha, y cimentaban la unión anímica y material en una palabra, incitaban a la sociedad en el marasmo, el estancamiento y otros síntomas de descomposición. Estas teorías eran profesadas por la escuela de los llamados optisemistas, es decir, filósofos que extraían el optimismo para el futuro de la valoración pesimista del presente.

El período de iniciativa privada del modelaje de cuerpos duró tres cuartos de siglo. En sus comienzos, la gente disfrutaba mucho con la automorfía. La juventud volvió a ponerse a la vanguardia de la moda, los chicos llevaban con ostentación sus sistemas respiratorios y su musculatura de último grito, las jovencitas unos modelos de cuerpos de lo más sofisticado que pudieron inventar; pero pronto surgieron entre las generaciones unos conflictos importantes: entre los jóvenes se propagó una corriente contestataria de cariz ascético, en cuyo nombre acusaban a sus mayores de no vivir más que por el placer, les reprochaban su actitud pasiva e incluso consumidora hacia el cuerpo, su hedonismo barato, sus apetitos vulgares de gozar, y para subrayar hasta qué punto se consideraban diferentes, se revestían ex profeso de unas formas repulsivas, muy inconfortables, verdaderamente monstruosas (nefandistas, tremebundinos). En el deseo de demostrar su desprecio por todo lo utilitario, se colocaban los ojos bajo los sobacos; los activistas bióticos más jóvenes usaban un sinfín de órganos de sonido, cultivados en cantidades industriales (tambolinas, arpiolas, poligongos, guitardos). Se organizaban bramiderías en masa, durante las cuales, los solistas, llamados rugeñores, hacían caer a las muchedumbres entusiastas en unos paroxismos de frenesí convulsivo. Vino luego la moda (o manía) de los tentáculos largos, cuyo calibre y fuerza de agarre estaban ajustados a la escala de la típica frase juvenil y jactanciosa:«¡Ahora verás con quién te la juegas!». Puesto que nadie tenía fuerzas para llevar solo aquellas masas de boas enliadas, se solían usar las llamadas andatorias o portacolas (contenedores que sabían andar), que brotaban de la parte baja de la espalda, las cuales, sostenidas por dos fuertes
pantorrillas, transportaban el fardo de tentáculos detrás de su propietario. Encontré en el libro unas ilustraciones con jóvenes elegantes, paseando con sus portacolas llenas de montones de tentáculos; era ya el ocaso de la contestación, mejor dicho su crac total. El movimiento se agotó porque carecía de ideales propios limitándose solamente a representar una protesta contra el barroquismo orgiástico de la época.

Dicho barroquismo tenía sus apologistas y teorizantes, según cuyas afirmaciones el
cuerpo existía para poder experimentar el máximo de placeres en la máxima cantidad de
sitios a la vez. Merg Barb, el representante más nombrado de esa doctrina, explicaba que la Naturaleza había provisto al cuerpo (más bien escasamente) de unos centros de
sensaciones agradables para que las pudiera experimentar; si lo dispuso así, es porque las percepciones placenteras no eran autonómicas, sino que cada una servia a un fin; por ejemplo, suministrar al organismo líquidos, hidratos de carbono, albúmina, o bien asegurarle la continuidad en la descendencia, en la reproducción de las especies, etc. Había que romper definitivamente con ese pragmatismo impuesto.
El papel pasivo de la gente en la creación de los cuerpos era un síntoma de la falta de imaginación perspectiva; los placeres culinarios y eróticos no eran más que un mediocre producto secundario del contentamiento de los instintos innatos, o sea, de la tiranía de la Naturaleza. No bastaba con dar rienda suelta al sexo (lo demostraba la ectogénesis), ya que éste no tenía gran porvenir, ni combinatorio, ni constructivo. Lo que podía inventarse respecto a él, estaba realizado mucho tiempo atrás. El sentido de la libertad automórfica no consistía en aumentar ingenuamente algún detalle que otro, plagiando siempre la misma anticualla sexual; había que inventar unos órganos y sistemas inéditos, cuya única misión sería la de proporcionar a su propietario la posibilidad de sentirse bien, cada vez mejor, deliciosamente.

Barb fue respaldado por un grupo de proyectistas del BUPROCUPS, jóvenes y
talentosos que dibujaban ripcias y jondugos, anunciados por una campaña publicitaria
arrolladora que garantizaba sus perfecciones, proclamando que los goces antiguos de
mesa y cama eran unas verdaderas birrias en comparación con los efectos de ripciadas y jondugaciones. En los cerebros se insertaban, evidentemente, centros de sensaciones
extáticas, programados para el caso por los ingenieros de vías nerviosas y ordenados en series superpuestas. En consecuencia se originaron impulsos nuevos, el ripcioso y el jondugatorio, así como las actividades que les eran propias, de una escala muy rica y variada, puesto que se podía ripciar y jondugar por separado o simultáneamente, en solos, dúos, incluso en grupos de varias decenas de personas. Como es natural, nacieron nuevos géneros de bellas artes, cultivados por artistas ripciores y jondugores; pero las cosas fueron más lejos todavía: a finales del Siglo XXVI hicieron su aparición las formas barrocas de lenguoreptos y chupapiés, acogidos por el aplauso de admiración general. El famoso Ondur Sterodon, que sabia ripciar, jondugar y mandolar, todo a la vez, volando al mismo tiempo con unas alas espinales, se convirtió en ídolo de las masas. En el momento culminante del barroco, el sexo quedó pasado de moda; lo cultivaban todavía sólo dos fracciones políticas de poca monta, los acumuladores y los separatistas. Estos últimos, hostiles al libertinaje, consideraban que era una indignidad besar a una amante con la misma boca con que se comían coles. Según su ideología, se necesitaba para ello una boca distinta, llamada platónica; lo mejor era disponer de toda una gama de bocas, para usarlas conforme a las circunstancias (parientes, amigos, el ser querido). Los acumuladores, adictos al funcionalismo, propugnaban el punto de vista opuesto, juntando todo lo que podían para simplificar el organismo y la vida.

El período postrero de aquel estilo, extravagante y estrambótico como todos los estilos decadentes, creó unos ejemplares tan raros como la mujer taburete y el héxaco, este último parecido a un centauro que tuviera, en vez de cascos, cuatro pies descalzos, el par anterior girado en punta hacia el posterior. Este especimen tenía un segundo nombre, el de pateón, tomado de su baile preferido, cuyo paso esencial era un pateo enérgico. Sin embargo, el mercado daba señales de saciedad y hastío. Cada vez era más difícil dar el golpe con una novedad corporal: se llevaban peinados de asta natural, las damas de la alta sociedad se abanicaban las mejillas con sus pabellones auriculares rosa pálido adornados de dibujos estigmáticos en transparencia, se intentaba andar sobre unos seudopedúnculos torneados, etc. El BUPROCUPS, por pura inercia, seguía editando proyectos: pero varios síntomas presagiaban el cercano fin de aquella era.”

“Abrí el tomo de la historia dictoniana dedicado a la época moderna.
El primer capítulo trataba de las corrientes autopsíquicas del Siglo XXIX. La
omnipotente transformabilidad corporal había llegado a aburrir tanto a la gente, que la idea de olvidar el cuerpo y ocuparse de la formación del intelecto pareció dar una nueva vida a la sociedad y sacarla del marasmo. Fueron los comienzos del Renacimiento. Los primeros en abrir el camino al nuevo estilo eran los genialitas, autores del plan de convertir a todos los hombres en sabios. No tardó en despertarse el hambre del saber, el intenso deseo de cultivar las ciencias, el establecimiento de contactos intersiderales con otras civilizaciones. Al mismo tiempo, el crecimiento irresistible de conocimientos exigió unas transformaciones corporales correspondientes, ya que los cerebros tan desarrollados no cabían siquiera en el vientre. La sociedad se genializaba con aceleración exponencial y las ondas intelectuales recorrían todo el planeta. Ese Renacimiento que buscaba el sentido de la existencia en el Saber, duró setenta años. Dictonia rebosaba de
pensadores, profesores, superfesores, ultrafesores y, al final, de contrafesores.
Y puesto que el transporte de cerebros agigantados se hacia cada vez más incómodo,
después de una corta fase de bipensantes (llevaban dos carretillas incorporadas, una
delante y otra detrás, para los pensamientos superiores e inferiores), los genialitas se convirtieron, por el orden mismo de la vida, en inmuebles. Cada uno estaba metido en la torre de su propia inteligencia, envuelto en serpentinas de cables como una Gorgona; la sociedad del planeta se parecía a un panal de sabiduría, recogida en vez de miel, en cuyas celdillas pululaba la cresa humana. La gente conversaba por radio y se hacía televisitas. Las secuelas de la escalada científica condujeron a un conflicto entre los partidarios de convertir la riqueza de sabidurías individuales en un tesoro común y los coleccionistas de conocimientos, que querían poseer el régimen de propiedad privada de sus informaciones. Empezó el espionaje de pensamientos ajenos, robos de ideas especialmente brillantes, intrigas entre las torres de los antagonistas en filosofía y arte, falsificaciones de datos, cortes de cables, e incluso intentos de anexión de bienes psíquicos de los vecinos, incluyendo a la persona del propietario.

La reacción fue violenta. Nuestros grabados medievales con imágenes de dragones y
monstruos de allende los mares son un juego de niños comparados con el desenfreno de
formas corporales que se adueñó del planeta. Los últimos genialitas, cegados por el sol, salían a rastras de las ruinas de sus torres para huir de la ciudad. Gambercias,
penderastas y atracontes aprovecharon el caos general para hacerse amos del lugar. Se
producían combinaciones de máquinas y cuerpos, entregadas a la lujuria (maquinoide
aparatista, desnudomóvil, vagonhembra), la prensa publicaba irreverentes caricaturas del clero: cucaramonje con cucaramonja, sin mencionar a ternellas y ventrugos.

Fue una época de gran auge de la agonalia. Toda la civilización retrocedió un paso
gigantesco. Hordas de musculosoestrangulones retozaban en los bosques con rastrinfas.
En los matorrales se agazapaban las tribus de temblarios. En el planeta no quedaba ni
rastro de su pasado cerebral. En los parques, invadidos por la mala hierba de muebles y vajillas salvajes, reposaban entre las matas de toalleros los montañistas(verdaderas montañas de carne jadeante). Casi todas esas formas execrables no eran planeadas y preconcebidas conscientemente, sino arrojadas al mundo al azar de averías de la maquinaria constructora de cuerpos, que, en vez de modelos encargados, producía unos monstruos degenerados y enfermos. En aquella época de monstrólisis social, como escribía el profesor Gragz, la prehistoria parecía tomarse un extraño desquite en sus descendientes, ya que lo que el pensamiento primario sólo imaginaba a través de unos mitos pavorosos, o sea, la palabra de horror, se hizo cuerpo en el delirio ciego de la tecnología biótica.

En los comienzos del Siglo XXXX asumió el poder en Dictonia el dictador Dzomber
Glaubon. Bajo sus órdenes, en el espacio de veinte años se estableció la unificación,
normalización y estandarización de los cuerpos, acogida al principio como una salvación. El nuevo gobernante era partidario de un absolutismo ilustrado y humanitario, así que no permitió que se exterminaran los individuos de formas degeneradas procedentes del Siglo XXIX, sino que los congregó en unas reservas designadas para este fin. En los confines de una de ellas, precisamente, estaba situado, debajo de las ruinas de la antigua capital de la provincia, el convento subterráneo de los Padres Destruccianos en el cual me había refugiado. Conforme a un decreto de Glaubon, todos los ciudadanos estaban obligados a ser solistas sintraseristas, o sea, unisexuales y con el mismo aspecto por delante que por
detrás. El dictador explicó en sus Pensamientos, obra representativa de su programa, que había privado a la población del sexo por considerarlo culpable de la decadencia del siglo anterior. Les dejó la razón porque no quería gobernar a unos débiles mentales, sino, al contrario, renovar la civilización.

Pero la razón implica la diversidad, incluyendo las ideas no ortodoxas. Una oposición
ilegal se ocultó bajo tierra, donde se entregaba a funestas orgías antisolistas. Eso, por lo menos, era lo que decía la prensa gubernamental. Sin embargo, Glaubon no perseguía a los miembros de la oposición, revestidos de unos cuerpos contestatarios (mastocontes, traseristas). Se decía que incluso operaban en la clandestinidad unos bitraseristas, según cuya doctrina la razón existía para que la gente tuviera un medio de comprender que debía librarse de ella cuanto antes, ya que era la causa de todos los desastres en la historia universal. Dicha fracción sustituía la cabeza por lo que suele tomarse por su antítesis, por considerar que era incómoda, perjudicial y banal. En todo caso, el padre Darg estaba seguro de que la prensa exageraba un poco por exceso de celo. Los traseristas eliminaron la cabeza porque no les gustaba, pero conservaron el cerebro y sólo lo trasladaron más abajo para que mirara el mundo con dos ojos, el del ombligo y otro, detrás, un poco más abajo todavía.

Después de haber instaurado un relativo orden en el país, Glaubon proclamó un plan
milenal de estabilización social gracias a la llamada hedalgética. La publicación del
decreto fue precedida por una gran campaña de prensa bajo el lema «EL SEXO AL
SERVICIO DEL TRABAJO». Cada ciudadano tenía adjudicado su puesto de trabajo y los
ingenieros de vías nerviosas enlazaban las de su cerebro de tal manera que sentía el
goce si trabajaba como era debido. Plantaba árboles o acarreaba agua, volaba en alas de la voluptuosidad, y cuanto más trabajaba, más intenso era su éxtasis. Pero la malicia propia a la inteligencia puso también trabas a este método sociotécnico, considerado como infalible: los inconformistas opinaban que el goce sentido gracias al trabajo era una forma de alienación. Rebelándose contra la lujuria laboral (laboribido), pese al deseo que les empujaba hacia las profesiones impuestas, se dedicaban a cualquier actividad salvo la que podía satisfacer su libido. Quien tenía que ser aguador cortaba leña, quien era leñador acarreaba agua en manifestación abierta contra el gobierno. Glaubon decretó repetidas veces un incremento del deseo socializado, pero lo único que consiguió fue el nombre de 'era de la martirología' dado por los historiadores a los años de su gobierno. La biolicía tropezaba con grandes dificultades en la búsqueda de los culpables de esa clase
de delitos, ya que los sospechosos, cogidos in fraganti, mentían con hipocresía, alegando que sus quejas eran debidas al placer y no al sufrimiento. Glaubon, viendo la ruina de sus grandes planes, se retiró de la palestra de la vida biótica profundamente decepcionado.

Más tarde, en los confines de los Siglos XXXI y XXXII, sobrevino el período de luchas
de los Diadocos; el planeta se dividió en provincias, habitadas por ciudadanos cortados según el modelo impuesto por las autoridades locales. Eran ya los tiempos de la Contrarreforma posmonstrolítica. Los siglos pasados dejaron tras de sí unas
aglomeraciones de ciudades medio derruidas, plantas de fabricación de fetos, reservas
visitadas aún esporádicamente por unas comisiones móviles de inspección, autopistas sin tráfico rodado, y otros relictos del pasado que continuaban funcionando todavía a medias, sin vigor ni eficacia. El Tetradoc Clambron instauró la censura del recetario genético, que prohibía el uso de ciertas especies de genes; pero los individuos disconformes sobornaban a los organismos de control, o bien se ponían en sitios públicos mascarillas y postizos, se pegaban los rabos a la espalda con esparadrapo o los escondían en la pernera del pantalón, etc. Estas prácticas eran del dominio público.

El Pentadoc Marmozel, haciendo suyo el principio divide et impera, promulgó una ley que aumentaba la cantidad de sexos reconocidos oficialmente. Además del hombre y la mujer, fue creado el titerombre y la tortembra, y dos sexos auxiliares: el sostenco y el friguita. La vida, y especialmente la vida sexual, se complicó mucho durante aquel período. Hay que añadir que las organizaciones clandestinas hacían sus reuniones bajo la cobertura de relaciones entre seis sexos (sexsexuales) recomendadas por la autoridad, así que por esta razón, entre otras, el proyecto fue parcialmente anulado. Se prescindió de los auxiliares, conservando solamente hasta hoy a la tortembra y al titerombre.

Bajo el reinado de los Hexadocos, la gente inventó, para burlarse de la censura
cromosómica, las alusiones corporales. En mi libro figuraban retratos de personas cuyos pabellones auriculares tenían la forma de pantorrillas; cuando movían las orejas, no se sabía si lo hacían sin ninguna intención especial, o bien para dar unas patadas alusivas. En ciertos círculos se apreciaba mucho la lengua terminada por una pequeña pezuña. Era, eso si, incómoda y no servía para nada, pero precisamente así se manifestaba el espíritu de la libertad somática. Gurilo Hapsodor, que pasaba por liberal, concedió a los ciudadanos de excepcional mérito el permiso de poseer una pierna supletoria; la gente se acostumbró a ver en ello una distinción honrosa. Con el tiempo, el significado de aquella pierna perdió su carácter locomotor y se convirtió en el signo del cargo que se ejercía; los
altos dignatarios llegaban a tener hasta nueve piernas, gracias a lo cual se podía conocer el rango de cada uno inmediatamente, incluso en el cuarto de baño.

Asumido el poder por Ronder Ischiolis, de principios severos, se abolieron los permisos para el metraje corporal supletorio, llegando al extremo de confiscar piernas a los acusados de algún delito. Incluso corrían rumores de que aquel gobernante enérgico quería liquidar todas las extremidades y órganos excepto los imprescindibles para la vida, y fundar la microminiaturización (se construían unos pisos cada vez más pequeños), pero Bghiz Gwarndl, el sucesor de Ischiolis, anuló esos proyectos y hasta autorizó la cola, arguyendo que su penacho era útil para barrer el suelo. Luego, con Gondel Gurva en el poder, hicieron su aparición los llamados desviacionistas bajeros, que multiplicaban ilegalmente sus miembros inferiores; en el período siguiente, de autoridad más dura, volvieron a mostrarse (mejor dicho, a esconderse) uñas linguales y otros pequeños órganos contestatarios.

Las oscilaciones de ese tipo se producían todavía en el momento
de mi llegada a Dictonia. Lo que era totalmente imposible de realizar corporalmente se expresaba en la literatura pornográfica de la biótica, editada en la clandestinidad subterránea y perteneciente a las publicaciones prohibidas que figuraban en cantidad en la biblioteca del convento. He leído, por ejemplo, un manifiesto que incitaba a la creación inmediata del mujerrero que debía caminar sobre trenzas en vez de piernas; el engendro de otro autor anónimo, el falsetario, debía desplazarse en el aire en base a la técnica del tapiz volador.

Una vez adquiridas las nociones generales de la historia de Dictonia, pasé a la
literatura científica actual. El órgano principal de proyectos e investigación era
CUPROCOPS (Comisión Unificadora de Proyectos Corporales y Psíquicos). Gracias a la
amabilidad del padre bibliotecario, pude enterarme de los más recientes trabajos
publicados por dicha organización. Así, por ejemplo, el ingeniero de cuerpos Dergard
Vnich era autor de un prototipo llamado provisionalmente el polimón o doquiernal. El prof. dr. ing. lic. Dband Rabor trabajaba al frente de un nutrido grupo de investigadores en un proyecto atrevido, incluso controvertible, del llamado multipista, que debía representar la unificación funcional en tres sentidos: el de comunicación, el sexual y el de evasión abstracta. Tuve también acceso a los trabajos perspectivo-futurológicos de los mejores especialistas en cuerpos de Dictonia: la impresión que saqué de mis lecturas fue la de una automorfía atascada en un punto muerto de su desarrollo, pese a los esfuerzos de los
especialistas por sacarla del marasmo; el artículo del prof. Zagoberto Graus, director de la CUPROCOPS, publicado en la revista científica mensual 'La Voz del Cuerpo', terminaba con estas palabras: «¿Cómo podemos no transformarnos, si podemos transformarnos?»”

miércoles, 21 de abril de 2010

¿Son los cuervos más listos que los primates no humanos?



Hoy he encontrado en BBC Ciencia una noticia muy interesante. Aquí la presento resumida:

Cuervos de Nueva Caledonia, en el Océano Pacífico, les han dado a los científicos una nueva exhibición de su destreza en el uso de herramientas.

Investigadores de la Universidad de Auckland, en Nueva Zelanda, encontraron que estas aves son capaces de usar tres herramientas en serie con el fin de conseguir alimento.

Los cuervos, que utilizan herramientas en la naturaleza, también han mostrado otras habilidades en la resolución de problemas, pero este hallazgo indica que son más innovadores de lo que se pensaba.

El equipo se dirigió a la isla de Nueva Caledonia -ubicada en el sudoeste del Océano Pacífico -, el hogar del Corvus moneduloides, las únicas aves conocidas que crean herramientas en la naturaleza.

El descubrimiento de que estos pájaros cortan las ramas en pedazos más pequeños y las convierten en ganchos, además de rasgar las hojas para utilizarlas como sondas afiladas con el fin de extraer comida de rincones difíciles de llegar, asombró a los científicos quienes previamente habían pensado que la capacidad para crear herramientas era exclusiva de los primates.

Los experimentos demostraron que las aves pueden crear nuevas herramientas a partir de materiales desconocidos para ellas, así como usar una serie de herramientas de manera sucesiva.

Para entender mejor cómo las aves realizan estas tareas, el equipo de la Universidad de Auckland planteó a siete cuervos salvajes -que habían sido capturados temporalmente y colocados en un aviario- un problema complicado.

A las aves se les presentaron algunos alimentos fuera de su alcance.Disponían una herramienta larga, que podría ser utilizada para extraer el alimento, pero que no era fácil de utilizar para los cuervos, pues estaba escondida detrás de los barrotes de una caja.

Igualmente había una herramienta corta, que podría ser empleada para extraer la herramienta larga. Sin embargo, ésta estaba colocada al final de un pedazo suelto de cuerda que, a su vez, estaba atado a la percha del cuervo.

El profesor Russell Gray, de la Universidad de Auckland, explicó: "Era necesario que los cuervos entendieran que necesitaban la herramienta corta colocada sobre el trozo de cuerda para poder obtener la herramienta larga y luego usarla para conseguir el alimento".

Las siete aves fueron divididas en dos grupos. A las aves del primer grupo se les dio la oportunidad de ensayar cada paso individual durante la instalación de la prueba y antes de que se les presentara la tarea completa de múltiples etapas.

"Todo lo que estas aves tenían que hacer era juntar cosas que ya podían hacer en la secuencia correcta", indicó el profesor Gray.Cada una de las tres aves logró resolver el problema de tres etapas en su primer intento.

A un segundo grupo de aves se les presentó una situación menos familiar. Si bien se habían presentado tareas donde los alimentos estaban atados directamente a cuerdas, y las ramas podían ser utilizadas para alcanzar los alimentos, nunca se les había presentado una situación en la que una herramienta estaba vinculada a la cuerda o donde una herramienta era necesaria para obtener una segunda herramienta.

Sin embargo, cuando se les presentó la tarea de múltiples etapas, estas aves también se las arreglaron para alcanzar su alimento.Un pájaro, Sam, pasó 110 segundos inspeccionando el aparato antes de completar cada uno de los pasos sin ningún error. Otra ave, Casper, también completó las tareas en su primer intento, aunque inicialmente la cuerda lo desconcertó.Las otras dos aves resolvieron el problema en el tercer y cuarto intento.

Los investigadores indicaron que los experimentos están ayudando a arrojar luces en torno a cómo los cuervos llevan a cabo estas complicadas tareas.

Según Taylor, mientras el uso o la creación de una sola herramienta podría basarse en simples procesos de aprendizaje, resolver un conjunto de problemas relacionados, sugiere que la base de la innovación de los cuervos es mucho más compleja.



Los cuervos de Nueva Caledonia forman parte de la familia de los córvidos, aves en cuyo grupo se incluyen los cuervos, los grajos, las cornejas, los arrendajos o charas y las urracas.

Los córvidos son más innovadores de lo que se pensaba. A los científicos les ha sorprendido encontrar charas Pecho Rayado que intentan engañar a sus aves compañeras pretendiendo enterrar la comida mientras están siendo observadas, arrendajos que realizan hazañas notables de memoria, y posiblemente incluso el auto reconocimiento en las urracas.

Estudios más recientes también han encontrado que los grajos también son capaces de crear y utilizar herramientas, a pesar de que, a diferencia de los cuervos de Nueva Caledonia, no se les ha visto usarlas en la naturaleza.

Y estas aves también han sorprendido a los científicos con sus habilidades para resolver problemas - más recientemente, se ha demostrado que pueden hacer algo similar a lo que se cuenta en la fábula de Esopo "El cuervo y el cántaro", es decir, que el cuervo arroja piedras dentro de un cántaro para elevar el nivel del agua y así poder agarrar a un gusano que flotaba. Para llegar a esta idea luminosa, incluso nosotros tenemos que cavilar un rato.

Como no soy modesto, recomiendo la lectura de tres artículos míos relacionados:

Las herramientas de los animales, La inteligencia de los pájaros de mal agüero y El sentido del humor en los animales.

miércoles, 14 de abril de 2010

La longevidad de los animales

El Kraken

Bajo los truenos de la superficie,
en las honduras del mar abismal,
el Kraken duerme su antiguo, no invadido sueño sin sueños.
Pálidos reflejos se agitan alrededor
de su oscura forma;
vastas esponjas de milenario crecimiento y altura
se inflan sobre él, y en lo profundo de la luz enfermiza,
pulpos innumerables y enormes baten
con brazos gigantescos
la verdosa inmovilidad,
desde secretas celdas y grutas maravillosas.
Yace ahí desde siglos, y yacerá,
cebándose dormido de inmensos gusanos marinos
hasta que el fuego del Juicio Final caliente el abismo.
Entonces, para ser visto una sola vez por hombres y por ángeles,
rugiendo surgirá y morirá en la superficie.


Alfred Lord Tennyson


El kraken es una criatura monstruosa (mide hasta 2 millas de longitud) de la mitología escandinava, que vive a grandes profundidades y que usualmente es representado como un pulpo o calamar gigante. En los fríos fondos marinos, donde la temperatura se mantiene prácticamente constante (a 4º C) y donde el alimento es adquirido con dificultad, la vida lleva un ritmo despacioso y es posible que existan criaturas muy longevas.
Arctica islandica

Quizá los escandinavos sospecharan de la extraordinaria longevidad de los moluscos al observar a las almejas de la especie Arctica islandica, que vive a poca profundidad en las gélidas aguas del mar del Norte. Ming, un ejemplar recientemente estudiado, al que se le han contado las líneas de crecimiento anuales de la concha, lleva viviendo desde hace unos 410 años (se llama Ming porque en China reinaba esa dinastía cuando el animal empezó a formar su concha). Es el animal más viejo que se conoce. Otras dos almejas de Islandia han llegado a vivir hasta 220 y 374 años. Seguramente, el hecho de poseer un fuerte caparazón que las protege de los depredadores, influye en su longevidad.

Otro animal marino bien protegido frente a predadores, un pequeño erizo de mar de color rojo, puede vivir más de cien años (e incluso llegar a los 200), sin mostrar signos aparentes de envejecimiento. Puede morir por los ataques de los depredadores o por enfermedades específicas. Pero incluso en ese instante, siguen aparentando ser jóvenes. Las evidencias recolectadas sugieren que un erizo de 100 años es tan apto para la reproducción como otro de tan sólo una década de edad. De hecho, los erizos más maduros parecen ser los más prolíficos productores de esperma y huevos. Cuando el erizo se convierte en un adolescente, su crecimiento se hace muy lento. A los 22 años, crecerá sólo una décima de centímetro (de 12 a 12,1 cm) por año. En realidad, nunca dejará de crecer, sólo que lo hace muy lentamente.

Los más grandes que se conocen miden unos 19 cm, de modo que deberían tener más de 200 años. Para confirmar su edad, se mide la presencia de carbono-14 en sus tejidos, un elemento que se ha incorporado a todos los organismos vivos después de las pruebas atómicas atmosféricas realizadas en los años 50.

Algunas tortugas marinas pueden vivir hasta 180 años. Tienen en común con los erizos y almejas el caparazón, así como un metabolismo lento, de sangre fría. En general, a igualdad de tamaño, los animales de sangre fría viven bastante más que los de sangre caliente. Un sapo común puede vivir 30 años, mientras que las ratas muy raramente llegan a los 5. La vida es como un fuego. Billones y billones de diminutas hogueras arden en el interior de nuestras mitocondrias, los orgánulos celulares donde tiene lugar la respiración. La respiración es una combustión: las sustancias orgánicas, ricas en carbono, arden en presencia de oxígeno. Esta reacción es muy energética y ocasiona daños en las estructuras celulares cercanas. Existen mecanismos de reparación, pero no son eficaces al 100%, y con el tiempo, se van acumulando más y más daños generalizados por todo el organismo. Los animales que tienen un alto metabolismo, los que arden rápido, vivirán menos que los que metabolizan más lentamente, los que arden despacio.

Esto se refleja también, con una asombrosa exactitud, en las relaciones que existen entre longevidad y tamaño de los animales, ritmo cardiaco y ritmo respiratorio. En los animales pequeños (y en los bebés humanos) el corazón late desbocadamente. Una musaraña o un ratón pueden morir simplemente de la impresión al ser cogidos (el corazón de la musaraña late en reposo del orden de 600 veces por minuto). En el intervalo entre el ratón y el elefante en los mamíferos, la duración de un latido cardiaco aumenta a una velocidad de entre un cuarto y un tercio de la velocidad a la que aumenta el peso corporal. Esta relación se ha visto respaldada por un estudio sobre la proporción del ritmo cardiaco entre las arañas. Mediante un láser frío, se iluminaron los corazones de arañas en reposo y se trazó una curva desde las pequeñas arañas cangrejo a las grandes tarántulas. La escala resultó regular con un incremento del ritmo cardiaco de 4/10 de la velocidad de incremento del peso corporal.

Los animales pequeños tienen tasas metabólicas altas (la musaraña muere de hambre tras pasar unas pocas horas sin comer) y viven pocos años. Su fuego arde más rápido. La tasa metabólica crece tan sólo a tres cuartas partes de la velocidad con que lo hace el peso corporal en los mamíferos. Esto quiere decir que, para mantenerse en funcionamiento, los grandes mamíferos no necesitan generar tanto calor por unidad de peso corporal como los pequeños (en los animales grandes, la superficie corporal es más reducida en relación al volumen y pierden menos calor por ella). Por otro lado, la duración de la vida en los mamíferos sigue la misma proporción que el ritmo cardiaco o respiratorio: crece a una velocidad de entre un tercio y un cuarto de la velocidad con que crece el peso corporal. Los animales pequeños viven menos que los grandes, pero a un ritmo muy superior. Esto nos lleva a la conclusión sorprendente de que todos los mamíferos viven más o menos lo mismo, en términos del “tiempo biológico”, medido por los latidos del corazón o el ritmo de la respiración celular.

Un ratón consume en tres o cuatro años su vida con su corazón latiendo 450 veces por minuto, mientras que una ballena puede vivir 120 años con su corazón latiendo 20 veces por minuto. Esto se ha confirmado recientemente, pues se ha encontrado un arpón fechado en 1.880 en una ballena muerta en 2.010. Otros estudios moleculares sugieren que algunas ballenas podrían llegar a vivir 150 años. Dado nuestro tamaño, estaría escrito cuánto viviremos.

Pero intervienen otros muchos factores, sobre todo de índole ecológica. Se sabía que los animales voladores, como la mayoría de las aves y los murciélagos, viven más de lo que les correspondería por su tamaño. Los murciélagos viven unos 40 años y muchos cuervos y loros viven hasta 60 años. Se sospechaba que eso tenía que ver con la menor exposición a los depredadores y a agentes patógenos que tienen las criaturas voladoras en comparación con las terrestres. Ahora, esta hipótesis ha sido respaldada por un estudio que ha encontrado que la vida en los árboles aumenta la longevidad. La libertad da vida: cuantos más grados de libertad estén disponibles para un organismo, más vivirá. Una de las predicciones de la teoría evolutiva del envejecimiento es que si un individuo consigue reducir su exposición a las fuentes de mortalidad extrínseca, vivirá más tiempo, lo que le traerá más probabilidades de experimentar efectos provocados por mutaciones, y por consiguiente de que tales efectos se enfrenten con mayor incidencia al filtro de la selección natural. El resultado final en una población de individuos de esta clase será que la selección natural potenciará una evolución hacia una mayor longevidad.

Un equipo de científicos de la universidad de Illinois acaba de demostrar que la vida en los árboles también reduce la mortalidad, retrasa el envejecimiento y aumenta la longevidad, tanto en los primates como en otros mamíferos de hábitos arbóreos. Los investigadores Milena Shattuck y Scott Williams analizaron los datos de 776 especies de mamíferos. Y descubrieron que la longevidad de los animales capaces de trepar a los árboles duplica a la de mamíferos terrestres de similar tamaño. Algo que ya adelantaba Charles Darwin, quien escribió acerca de la importancia evolutiva de “poder trepar a las alturas para escapar de los enemigos”.

Aunque los grandes mamíferos tienden a vivir más que los pequeños, cuando se trata de mamíferos arbóreos hay excepciones importantes. El kinkajou o mico león (Potos flavus), por ejemplo, es un pariente cercano del mapache que, a pesar de tener un tamaño muy inferior al tigre (mide sólo entre 42 y 58 centímetros de altura), puede vivir hasta 40 años, mientras el felino raramente supera los 20. El modelo concuerda tanto con los datos de longevidad a gran escala entre todos los mamíferos, como con los recogidos de clases específicas que Williams y Shattuck estudiaron, por ejemplo las ardillas arborícolas en relación con las ardillas terrestres.

Sin embargo, la pareja también descubrió dos grupos de mamíferos que contradicen esa tendencia a la longevidad. Los marsupiales, como los canguros. Y los primates, incluidos los que pasan mucho tiempo en el suelo, como los gorilas y los seres humanos, y sus primos que viven en las ramas. En estos grupos, no hay diferencias significativas de longevidad entre los animales arborícolas y sus primos que viven en los suelos. Los primates, no obstante, tienden en general a tener una vida larga.

"Éstas son las excepciones que demuestran la regla", argumenta Shattuck. "La característica definitoria que parece conectar los dos grupos es una larga historia de antepasados arborícolas." Otros mamíferos comenzaron en el suelo, y algunos grupos aislados evolucionaron hacia un estilo de vida arborícola de forma independiente. Los marsupiales y los primates parece que empezaron en los árboles, y luego se produjo la adaptación de marsupiales y primates terrestres a un estilo de vida más ligado al suelo.

Esta ascendencia arborícola puede explicar parcialmente por qué los humanos tenemos una longevidad mayor que la de otros mamíferos. Aunque en nuestro caso, pueden haber influido otros muchos factores, como la neotenia, la retención de características infantiles en la edad adulta (los seres humanos nacemos tras una gestación extraordinariamente larga, nuestra infancia y adolescencia son más dilatadas que las de cualquier otro primate e incluso en la edad adulta retenemos ciertas características infantiles, entre ellas la curiosidad). También seguramente la inteligencia, la cultura y la técnica, que nos protegen de la depredación y crean entornos estables, confortables y protegidos para nosotros, han sido fuerzas que desde el inicio de la evolución humana han contribuido a nuestra gran longevidad (hasta los 122 años de Jeanne Calment).

Este modelo predice que la esperanza de vida de los animales subterráneos será mayor que la de los que viven en la superficie. En este entorno, están más protegidos de los depredadores, y las fluctuaciones ambientales (de temperatura, humedad, etc.) son menores. Hace falta realizar una investigación rigurosa de diferentes mamíferos cavadores, como topos y similares, pero ya contamos con el ejemplo de la rata topo desnuda (Heterocephalus glaber). En pruebas de laboratorio, se ha informado de que estos roedores que excavan galerías y que tienen una sociedad similar a la de las abejas, viven casi 30 años, convirtiéndolos en los roedores con mayor esperanza de vida.

Rata topo desnuda

Un estudio realizado por investigadores en el Instituto Barshop de Estudios sobre la Longevidad y el Envejecimiento en la Universidad de Texas (Estados Unidos) revela mecanismos en las células de la rata topo desnuda que podrían explicar su increíble longevidad. Comparado con los ratones (que suelen vivir de tres a cuatro años), las ratas topo desnudas mantienen mejor la salud de las proteínas en sus células. Rochelle Buffenstein, la coautora del estudio y fisióloga en el Instituto Barshop, sostiene que descubrir los "trucos" que usan los animales que envejecen lentamente para prolongar su vida útil puede ayudar a conocer estrategias para aliviar las enfermedades relacionadas con el envejecimiento en los humanos.

A pesar de que su pálida y arrugada piel y desagradable aspecto quizás no suenen precisamente a buena salud, las ratas topo no sólo viven más sino que su envejecimiento es más sano que el de la mayoría de los animales. Tienen poca incidencia de cáncer y pocos signos de degeneración del cuerpo y las hembras pueden procrear hasta su muerte.

Una de las teorías tradicionales del envejecimiento sostiene que éste es resultado de la degeneración lenta de las células debido al contacto con el oxígeno, denominado estrés oxidativo. Sin embargo, paradójicamente, las ratas topo lampiñas (incluso las que son jóvenes) tienen mayores niveles de daño oxidativo en las células de los que tienen los ratones. Sin embargo, las proteínas en las células de la rata topo son más resistentes a desplegarse y más estables que las equivalentes de los ratones.

Los investigadores también encontraron pruebas de que las células de estas ratas poseen mecanismos más eficientes para deshacerse de proteínas plegadas incorrectamente o proteínas oxidadas. Así, Bueffenstein asegura que los resultados sugieren que las ratas topo lampiñas pueden tolerar mejor el daño oxidativo porque mantienen sus proteínas estables y eliminan rápidamente las que se despliegan antes de que se puedan acumular.

miércoles, 17 de marzo de 2010

El must de los elefantes



Cuando en las películas y documentales se ven elefantes enfurecidos, que se abalanzan sobre las aldeas a plena luz del día y embisten a la gente e incluso a los coches, se habla de que han “enloquecido”, pero no es exactamente eso lo que pasa. Lo más probable es que se trate de un elefante macho (puede ser tanto africano como asiático), que sufre un episodio de must. Este fenómeno es uno de los enigmas más desconcertantes de la conducta de los elefantes.

El must es una condición más o menos periódica en los elefantes machos, caracterizada por una conducta altamente agresiva (a veces agreden a otros grandes animales, como rinocerontes o jirafas), acompañada por un gran incremento en las hormonas reproductivas (los niveles de testosterona en un elefante en must pueden ser hasta 60 veces mayores que en el mismo elefante en otra época). Sin embargo, no se sabe si este cambio hormonal es la única causa del must o simplemente un factor contribuyente (es exagerado y quizá no muy oportuno comparar el must con el síndrome premenstrual femenino, en que muchas mujeres se muestran más agresivas que de costumbre, pero no he podido evitar la asociación de ideas). La investigación científica del must es muy difícil porque, durante él, incluso el más plácido de los elefantes puede tratar de matar humanos.

Los episodios de must suelen ser estacionales, ocurriendo preferentemente en invierno. Esto hace que no se pueda vincular claramente al must con el celo, ya que el ciclo estral de las elefantas no es estacional y los elefantes están siempre disponibles para cubrirlas. Los elefantes en must sí que muestran un mayor apetito sexual e intentan aparearse con las elefantas sin mirar si éstas están en celo o no, y a veces las agreden si no les permiten copular (esto se ha observado sobre todo en elefantes en cautividad). De acuerdo a algunas observaciones, las elefantas más viejas de una manada dejan pasar a los machos en must cuando una hembra del grupo está en celo, y bloquean el paso a los machos más jóvenes, que aún no han entrado nunca en el estado de must (entran por primera vez a los 15-20 años). Los elefantes asiáticos salvajes frecuentemente entran en must durante la estación de las lluvias, cuando tienen problemas para acceder a la comida y los días son más más cortos (la secreción de hormonas frecuentemente está relacionada con la duración del día).

Frecuentemente, los elefantes en must descargan una secreción ocre y espesa como el alquitrán llamada temporina desde los canales temporales a los lados de la cabeza. La composición de la temporina no está bien caracterizada, debido a las enormes dificultades para recoger muestras. Muestras de temporina y orina recogidas a elefantes de zoológicos muestran que contienen elevadas concentraciones de sustancias olorosas como cetonas y aldehídos. La agresividad de los elefantes puede estar causada en parte por la exposición a la temporina, que resbala hasta sus bocas. Otro factor contribuyente puede ser la hinchazón de las glándulas temporales, que presionan sobre los ojos, lo que causa un dolor agudo. Los elefantes en must frecuentemente se ponen a escarbar en el suelo con sus colmillos, se supone que para contrarrestar este dolor.

El must está relacionado con el despertar sexual y el establecimiento de relaciones de dominancia entre los elefantes macho, aunque está relación es difusa y está lejos de esclarecerse. Los ataques de los elefantes machos a otros grandes animales en África han sido atribuidos a machos jóvenes, sobre todo a los que han crecido en ausencia de machos viejos. La introducción de machos mayores, de rango más alto en la jerarquía, inhibe la presentación del must en los machos más jóvenes. El must podría ser una adaptación para evitar la endogamia. Si siempre fuera el mismo macho el que inseminara a la mayoría de las hembras, caería la diversidad genética y podrían manifestarse mutaciones letales. La agresividad que provoca en los machos el must podría ser un estímulo para fomentar los combates y el cambio frecuente en los rangos de dominancia de los elefantes. Además, los elefantes en must suelen ser respetados por los no afectados.

El periodo álgido del must suele durar un mes (precedido de unas tres semanas de agitación creciente) y es seguido de otro periodo similar de agresividad decreciente. Los elefantes “adolescentes” (entre los 10 y los 20 años) suelen mostrar un must más breve (desde un par de días a una semana) y menos intenso. La intensidad y la duración del must van aumentando progresivamente a lo largo de los años y alcanzan un pico alrededor de los 30-40 años, para luego descender de nuevo. Los elefantes de más de 55 años raras veces muestran must (la naturaleza es sabia: ya no están para muchas peleas). En cautividad, los elefantes pueden permanecer en estado de must un año o más.

Los mahouts (cuidadores de elefantes indios) encadenan a los elefantes en must y los privan de comida y agua durante algunos días, o bien los someten a una dieta muy estricta. Así, reducen el must a una semana o menos. También se usan algunos fármacos con este fin, como la xylazina y el acetato de leuprolide.