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martes, 29 de septiembre de 2009

El enigma de la menopausia


Los psicólogos refieren un sinnúmero de casos de madres que han mantenido una pésima relación con sus hijas, hasta que estas últimas quedan embarazadas y, de forma casi instintiva, esa relación mejora.

Esto tiene relación con el papel, tremendamente importante, que han tenido las abuelas en la evolución distintiva de los humanos. Y nos conduce a otro enigma: la inmensa mayoría de los animales salvajes siguen siendo fértiles hasta que mueren. Pero las hembras humanas experimentan una caída en picado de su fertilidad desde los cuarenta hasta aproximadademente los 50 años, en que llegan a la completa esterilidad. La selección natural promueve genes responsables de caracteres que aumentan el número de descendientes. ¿Cómo es posible que dé como resultado que la totalidad de las hembras de una especie lleven genes que restrinjan su capacidad reproductiva?

Los cuerpos animales tienden a deteriorarse gradualmente con el tiempo y el uso. Nuestro cuerpo hace crecer constantemente nuevo pelo, células sanguíneas, etc. Podríamos vivir muchísimo más si sacrificáramos todo a la reparación y cambiáramos todas las partes de nuestros cuerpos con frecuencia. Pero los recursos gastados en la reparación consumen los recursos disponibles para la reproducción. La selección natural ajusta las inversiones relativas en reparación y reproducción de forma que se maximice la transmisión de genes a la prole. El equilibrio entre reparación y reproducción difiere entre las especies. Algunas escatiman en reparación y producen crías rápidamente, pero mueren pronto, como los ratones. Otras especies, como nosotros, invierten fuertemente en reparación, viven durante casi un siglo y en ese tiempo pueden producir una docena de bebés.

El cuerpo más eficientemente construido es aquel en el que todos los órganos se desgastan por completo aproximadamente al mismo tiempo. El diseño de nuestros cuerpos, que evolucionó a través de selección natural, encaja con este principio, con una sola excepción: la menopausia femenina. La capacidad reproductiva de las mujeres cesa completamente algunas décadas antes de la muerte esperada, en contraste con otros aspectos, en que los humanos hemos desarrollado un envejecimiento retrasado.

Debemos explicar cómo la estrategia evolutiva aparentemente contraproducente de hacer menos bebés podría dar como resultado que haga más. A medida que una mujer envejece puede hacer más por incrementar el número de personas que llevan sus genes mediante la dedicación a sus hijos existentes, sus nietos y sus otros parientes que produciendo otro hijo más. Esto se puede explicar por varios hechos: uno es el largo período de dependencia parental de la cría humana, más largo que en cualquier otra especie animal. El niño permanece dependiente de sus progenitores, especialmente de su madre, hasta la adolescencia. En las sociedades tradicionales, la muerte temprana de la madre o del padre perjudicaba la vida de un niño incluso aunque el progenitor superviviente se volviera a casar, debido a conflictos con los intereses genéticos del padrastro o madrastra. Un joven huérfano que no era adoptado tenía pocas posibilidades de supervivencia.

Así que una madre cazadora-recolectora que ya tiene varios hijos se arriesga a perder algunas de sus inversiones genéticas en ellos si no sobrevive hasta que el más pequeño es por lo menos un adolescente. Además, el nacimiento de cada hijo hace peligrar inmediatamente a los hijos anteriores de la madre debido al riesgo de muerte durante el parto. En la mayoría de las demás especies animales este riesgo es insignificante. En las sociedades tradicionales humanas, el riesgo era mucho más elevado y aumentaba con la edad. Incluso en las prósperas sociedades occidentales del siglo xx, el riesgo de morir dando a luz es siete veces más elevado para una madre que haya superado los 40 años que para una de 20. También aumenta el riesgo de muerte de la madre por el agotamiento por lactancia, así como por acarrear un niño pequeño y trabajar más duro para alimentar más bocas. Por otro lado, las crías de las madres más viejas tienen cada vez menos probabilidades de sobrevivir o de nacer sanas.

Así pues, a medida que una mujer se hace mayor, es muy probable que haya acumulado más niños; también ha estado cuidándolos más tiempo, por lo que con cada sucesivo embarazo está poniendo en riesgo una inversión mayor. La madre mayor está asumiendo más riesgo por una ganancia potencial menor. Es éste un conjunto de factores que tenderían a favorecer la menopausia femenina humana. Una mujer no menopáusica que muriera de parto, o mientras se halla cuidando de un niño, estaría destruyendo incluso algo más que su inversión en sus hijos anteriores. Esto se debe a que el hijo de una mujer comienza con el tiempo a producir hijos propios, y estos niños cuentan como parte de la inversión previa de la mujer.

Especialmente en las sociedades tradicionales, la supervivencia de una mujer es importante no sólo para sus propios hijos sino también para sus nietos. El papel ampliado de las mujeres posmenopáusicas ha sido explorado por la antropóloga Kristen Hawkes. Ella y sus colegas estudiaron el forrajeo de mujeres de diferentes edades entre los cazadores-recolectores hadza de Tanzania. Las mujeres que dedicaban la mayoría de su tiempo a recolectar alimento (especialmente raíces, miel y fruta) eran posmenopáusicas. Las abuelas hadza compartían el excedente de su cosecha de alimento con parientes cercanos, como sus nietos e hijos crecidos.

Pero hay todavía una virtud más de la menopausia: la importancia de la gente mayor para toda la tribu en las sociedades prealfabetizadas, como depositaria de conocimientos, sobre todo de las estrategias a seguir en el caso de catástrofes y cambios ambientales inusuales. Por supuesto, los humanos no son la única especie que vive en grupos de animales genéticamente emparentados y cuya supervivencia depende de la sabiduría adquirida transmitida culturalmente (es decir, no genéticamente) de un individuo a otro.
Los calderones, la otra especie de animal en la que la menopausia femenina está bien documentada, son un ejemplo fundamental. Al igual que las sociedades tradicionales humanas de cazadores-recolectores, los calderones viven en «tribus» (llamadas escuelas) de 50 a 250 individuos, en las que se cree que hay transmición cultural de conocimientos. Los estudios genéticos han mostrado que una escuela de calderones constituye una enorme familia, en la cual todos los individuos están emparentados unos con otros. Un porcentaje sustancial de las hembras adultas de calderón en una escuela es posmenopáusico. En noviembre de 2.009, se ha informado de que un equipo de científicos halló a dos monos al cuidado de sus abuelas entre un grupo de macacos que viven libremente en la región de Katsuyama, en Japón. Este comportamiento -que incluye cuidados básicos así como amamantamiento-, constituye la primera evidencia indiscutible de esta relación en primates no humanos.

A pesar de que esta explicación de la menopausia humana es muy lógica y plausible, aún necesita su corroboración experimental. Recientemente se han publicado varios estudios que la apoyan. Mirkka Lahdenpera y sus colegas de la Universidad de Turku, en Finlandia, examinaron las partidas de bautismo y defunción de Canadá y Finlandia, durante los siglos XVIII y XIX. Los resultados, publicados en la revista Nature, parecen concluyentes. En estas sociedades, las mujeres ‘ganaron’ una media de dos nietos por cada década que sobrevivieron por encima de los cincuenta. De hecho, la presencia física de la ‘matriarca’ resultaba crucial; cuando vivía a más de 20 km de sus hijas, éstas producían un número de nietos significativamente menor que cuando la abuela vivía en el mismo pueblo. Esto sugiere que el resultado no se debe a un sutil efecto genético, que pudiera relacionar la longevidad de la abuela con la fertilidad de las hijas, sino más bien al efecto beneficioso que ejerce aquella sobre la crianza.

Es lógico esperar que el ‘efecto abuela’ se produzca en mayor medida cuando las condiciones de vida sean relativamente duras y la mortalidad infantil sea alta. Los datos reales procedentes de África indican que la menopausia crea abuelas sin hijos a su cargo que aumentan las posibilidades de supervivencia de los nietos. Daryl Shanley y sus colaboradores de Newcastle University han analizado datos sobre los nacimientos y muertes de 5500 personas en Gambia entre 1950 y 1975, antes de que llegara allí la medicina moderna, y por tanto en una situación que se aproximaba bastante a las condiciones experimentadas por las mujeres durante la evolución humana.

Los datos revelan que un niño tenía 10 veces menos posibilidades de sobrevivir si la madre moría antes de que aquel cumpliese los dos años de edad, y que un niño de entre uno y dos años de edad tenía el doble de posibilidades de sobrevivir si su abuela vivía en ese tiempo. Otros familiares no parecen tener ningún efecto significativo. Para comprobar que la menopausia no se debía a un mecanismo destinado a minimizar las muertes por parto en mujeres de edad avanzada, los investigadores usaron además un modelo matemático para calcular el ritmo de crecimiento de la población si la edad máxima a la que la mujer podría concebir se aumentase de los 50 a los 65 (una edad a la que la mujer es más proclive a morir antes de que el hijo tenga dos años). Encontraron que esto afectaba negativamente sólo a unos pocos niños. Para comprobar la hipótesis del beneficio para los nietos de la abuela, el grupo de investigadores creó otro modelo en el que la mujer ayudaba a los vástagos de sus hijos, encontrando que así conseguía doblar las expectativas de vida de estos nietos. Introduciendo una variedad de genes para controlar la menopausia vieron cómo se podrían haber seleccionado los que provocan la menopausia a los 50. Cuando la menopausia pasa a esta edad alrededor del 60% de los niños tienen abuela viva que no tiene niños propios que cuidar, pero si ocurre a los 65 años el porcentaje cae al 10%. Sin embargo, si la menopausia ocurre más tarde el modelo predice que la población crece más lentamente o incluso declina y que el óptimo se da en a los 50 años. El efecto es incluso más dramático cuando las abuelas ayudan además a otros niños.


Nota: se puede encontrar más información en el capítulo 6 del libro ¿Por qué es divertido el sexo? , de Jared Diamond.

jueves, 24 de septiembre de 2009

¿Por qué andamos sobre dos patas?

Reconstrucción de Selam


La teoría clásica sobre el origen de la locomoción bípeda postula que algunos antepasados del hombre la adquirieron en un breve espacio de tiempo para adaptarse a un ambiente de sabana.

Selam, una pequeña niña africana de 3 años, ha hecho que los paleontólogos se replanteen bastantes cosas. Este fósil de Australopithecus afarensis, encontrado en Etiopía, al que se le calcula una edad de 3,3 millones de años, es extraordinario porque conserva muchos huesos que no se habían hallado en otros individuos (como la famosa Lucy, hallada a sólo 4 km de distancia). Mientras que de otros ejemplares de australopitecos se han encontrado sobre todo huesos de las piernas y la cadera, que mostraban adaptaciones inequívocas para la locomoción bípeda, de Selam se han conservado el cráneo casi completo, la parte superior del tronco, un trozo de hueso del brazo, algunos dedos de la mano y parte del pie y de las piernas.

Los huesos de pies y piernas confirman que Selam caminaba erguida, pero la información aportada por los huesos de la parte superior del cuerpo sugiere que no había abandonado del todo los árboles. Seguramente jugaba con deleite trepando y recogía alimentos de ellos. Los dedos de sus manos eran largos y curvos, adaptados para agarrarse a las ramas. Los canales semicirculares de su oído interno, que sirven para mantener el equilibrio, se parecen a los de gorilas y chimpancés, y sugieren que no se desplazaba erguida tan ágil y rápidamente como los humanos actuales. Su escápula (hueso del hombro) tiene la fosa donde se inserta el hueso del brazo mirando parcialmente hacia arriba, como en los gorilas (en los humanos apunta hacia el lado). Esto indicaría que aún estaba bien adaptada para colgarse de las ramas con los brazos.

El hábitat en que vivía Selam refuerza la hipótesis de que aún tenía hábitos en parte arborícolas, pues no era una sabana, sino una zona húmeda, con bosques, herbazales y cursos de agua. Esto podría apoyar en parte la teoría del "simio acuático". Si los antecesores de los humanos pasaban parte de su tiempo en el agua, se podría haber facilitado la adquisición de la postura bípeda, que adoptan muchos simios cuando tienen que cruzar masas de agua. Algunos de nuestros rasgos, como el control preciso de la respiración, la desnudez, el porcentaje de grasa corporal, las lágrimas y el sudor, podrían haberse desarrollado más rápidamente en este escenario. Un libro antiguo, pero interesante porque es muy ingenioso y entretenido, en favor de esta teoría, es Eva al desnudo, de Elaine Morgan. De todos modos, parece que la locomoción bípeda fue anterior a la escasez del arbolado y que no se adquirió en poco tiempo, sino a lo largo de un dilatado periodo.

Esto mismo es lo que sugiere la observación reciente de que los orangutanes adoptan a veces una locomoción bípeda cuando se mueven sobre ramas delgadas. Se ponen de pie y caminan sobre sus piernas, ayudándose de sus brazos para balancearse y mantener el equilibrio. También se mantienen erguidos sobre ramas que se doblan y usan las piernas para impulsarse y saltar de un árbol a otro. La locomoción bípeda no es pues un rasgo que separe absolutamente a los simios de los humanos. Los científicos sugieren que, en algún momento hace entre 24 y 5 millones de años, cambió el clima en África oriental y central y las tupidas selvas se hicieron más ralas. Los animales que pudieran desplazarse con más facilidad por el suelo sobrevivirían mejor. Los simios que hubieran desarrollado alguna forma de locomoción bípeda en los árboles se encontrarían en ventaja.

Oreopithecus es otro fósil extraño que sugiere que la locomoción bípeda no fue un rasgo exclusivo de los antecesores inmediatos del hombre. Este simio vivió hace unos 8 millones de años, al parecer en zonas pantanosas. Presenta muchos signos de adaptación al desplazamiento suspensorio (usando los brazos para colgarse de las ramas), pero también a la locomoción bípeda, como una curvatura lumbar. La morfología de su oído interno presenta similitudes tanto con la de los grandes simios como con la de los humanos. Las características más curiosas las presenta el pie, con una disposición de dedos parecida a la de las aves. Quizá Oreopithecus desarrolló un modo de locomoción bípeda independiente del de los homínidos.

La teoría de un cambio gradual en el modo de locomoción está avalada por el gran número de estructuras corporales que han de modificarse para caminar erguidos. El orificio por el que la médula espinal sale del cráneo (el foramen magnum) se tiene que situar casi en la base de éste. La columna vertebral ha tenido que curvarse y las vértebras se han hecho más circulares para soportar mejor el peso de la parte superior del cuerpo. La pelvis se ha tenido que ensanchar y los huesos ilíacos han tenido que girar hacia el interior. El canal del parto se ha hecho, debido a ello, largo y sinuoso. Los miembros inferiores se han robustecido, el fémur se inclina hacia adentro y la articulación de la rodilla se puede mover en más direcciones. Los pies se han alargado, sobre todo el talón, se han reducido los dedos y el pulgar del pie ha dejado de ser oponible, para facilitar el equilibrio y el impulso al andar y correr.

El bipedalismo nos ha causado muchísimos problemas: nos ha hecho más débiles y lentos, en particular para escapar de los depredadores; crea grandes tensiones en el esqueleto y sobre todo en la columna vertebral (la debilidad de la espalda nos causa grandes dolores); los cambios en la forma de la pelvis hacen que el parto sea más difícil y peligroso; las crías humanas son muy vulnerables hasta que aprenden a andar bien; la articulación de la rodilla es muy frágil y los individuos que no pudieran usar una de las piernas estarían desvalidos.

Pero a pesar de todo, la locomoción bípeda terminó imponiéndose. Veamos ahora las ventajas que nos aportó. En condiciones muy calurosas, se expone así menos superficie corporal a la radiación solar y se puede disipar más rápidamente el calor del organismo. También se puede otear mejor el horizonte. Nos deja las manos libres para portear y manipular objetos durante el movimiento. Pero la ventaja inicial, la que impulsó su desarrollo, es su mayor eficiencia energética, sobre todo si la comparamos con la torpe marcha a cuatro patas sobre los nudillos de gorilas y chimpancés. La postura erguida nos permite andar y correr grandes distancias sin fatigarnos demasiado. Así pudimos llegar antes que otros animales a los cadáveres, que detectábamos al divisar a las aves carroñeras, y pudimos perseguir a los grandes herbívoros hasta extenuarlos. Un reciente experimento refuerza la hipótesis de que el bipedismo se adoptó para ahorrar energía en los desplazamientos. Chimpancés y humanos han sido puestos sobre una cinta andadora y sometidos a diferentes velocidades. El andar a 4 patas de los chimpancés es 4 veces más costoso en gasto de oxígeno que la locomoción bípeda humana. Cuando los chimpancés andan a dos patas, también son más ineficientes que los humanos, pero lo más interesante del estudio es que se ha visto que hay mucha diferencia de unos chimpancés a otros en el gasto en función de la postura que adopta cada chimpancé, de la longitud de sus patas, etc. Esto sugiere que, entre los antepasados del hombre, también habría bastante variación individual. Los individuos que se movieran ahorrando algo de energía con respecto a los demás gozarían sin duda de ventajas adaptativas.

La postura erguida es la fuente de muchas de las maldiciones humanas, pero también fue el gran motor de nuestra evolución: nos proporcionó acceso a alimentos ricos en energía que impulsaron el desarrollo del cerebro y nos permitió manipular más fácilmente los objetos y desarrollar nuestra tecnología. Nos separamos de los otros grandes simios cuando nuestra locomoción bípeda se hizo realmente eficaz.