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miércoles, 14 de julio de 2010

Las ruedas de los animales



Una mulefa


Richard Dawkins, el autor de "El gen egoísta", escribió en 1.996 su artículo "¿Y por qué no tienen ruedas los animales?". En el decía:

" La rueda es un arquetípico y proverbial invento humano. No solo viajamos sobre ruedas; son las ruedas (perdónenme) las que hacen que el mundo gire. Desmonte cualquier máquina de una complejidad mayor a la rudimentaria, y encontrará ruedas. Las hélices de los barcos y los aviones, taladros, tornos -nuestra tecnología funciona sobre ruedas y se paralizaría sin ellas...

...En cuanto los humanos tienen una buena idea, los zoólogos se han acostumbrado a encontrar las mismas ideas anticipadas en el reino animal. ¿Por qué la rueda no?

Los murciélagos y los delfines han perfeccionado sofisticados sistemas de localización por eco millones de años antes de que los ingenieros humanos nos dieran el sónar y el rádar. Las serpientes tienen detectores de calor por infrarrojos para detectar a las presas, precediendo al misil Sidewinder. Dos grupos de peces, uno en el Nuevo Mundo y otro en el Viejo, han desarrollado independientemente la batería eléctrica, en algunos casos asestando corrientes suficientemente fuertes para aturdir a un hombre, en otros casos utilizando los campos eléctricos para navegar a través de aguas turbias. Los calamares tienen propulsión a chorro, permitiéndoles subir a la superficie a 70 km/h y disparar a través del aire. Los grillos moteados tienen el megáfono, excavando una trompa doble en el suelo para amplificar su ya asombrosamente ruidosa canción. Los castores tienen la presa, inundando un lago privado para tener su propio conducto seguro a través del agua.

Los hongos desarrollaron los antibióticos (por supuesto, de ahí obtenemos la penicilina). Millones de años antes de nuestra revolución agraria, las hormigas plantaban, escardaban y abonaban jardines de hongos. Otras hormigas cuidaban y ordeñaban su propio ganado de pulgones. La evolución darwiniana ha perfeccionado la aguja hipodérmica (el aguijón de las avispas), la bomba de válvulas (corazón), el arpón (dardo letal del caracol), la caña de pescar (pez pescador), la pistola de agua (el pez arquero asesta chorros de agua para hacer caer a los insectos de los árboles), las lentes de enfoque automático, el fotómetro, el termostato, la bisagra, el reloj y el calendario. ¿Por qué la rueda no?

Hoy en día, es posible que la rueda nos parezca maravillosa solo en contraste con nuestras indistinguibles piernas. Antes de que tuviéramos motores propulsados por combustible (energía solar fosilizada), éramos superados fácilmente por las patas de los animales. No es de extrañar que Ricardo III ofreciera su reino por un transporte de cuatro patas. También demostramos nuestra inferioridad contra otros corredores de dos patas, como las avestruces o los canguros.

Quizá la mayoría de los animales no se beneficiaría de las ruedas porque pueden correr muy rápidamente con patas. Después de todo, hasta hace muy poco, todos nuestros vehículos eran tirados por la fuerza de las patas...

... Hay otra manera en la que nos arriesgamos al sobrevalorar la rueda. La rueda depende, para una eficiencia máxima, de un invento anterior: la carretera, u otra superficie dura y lisa. Un motor potente permite a un vehículo batir a un caballo o un perro o un guepardo en una carretera plana y dura o en lisos raíles de hierro. Pero haga la carrera en el bosque salvaje o en un campo arado, quizá con cercas y zanjas de por medio, y será una derrota: el caballo dejará al coche dando botes y probablemente volcando. Teniendo en cuenta la relación de tamaño, una araña corredora es con toda seguridad más rápida que cualquier vehículo con ruedas.

Bueno, entonces a lo mejor deberíamos cambiar nuestra pregunta. ¿Por qué no han desarrollado los animales la carretera? No hay una gran dificultad técnica. La carretera deber ser un juego de niños comparado con el embalse de un castor o el adornado jardín de un pájaro jardinero. Hay algunas avispas excavadoras que prensan el suelo con una herramienta de piedra. Según cabe presumir, estas habilidades pueden ser utilizadas por animales mayores para apisonar una carretera.

Ahora llegamos a un problema inesperado. Incluso si la construcción de carreteras es técnicamente factible, es una actividad peligrosamente altruista. Si yo, como individuo, construyo una buena carretera desde A hasta B, usted podría beneficiarse de ella tanto como yo. ¿Por qué debería importar esto? Esto muestra uno de los aspectos más tormentosos y sorprendentes de todo el darwinismo, el aspecto que inspiró mi primer libro, El Gen Egoísta. El darwinismo es un juego egoísta. Construir una carretera que podría ayudar a otros será penalizado por la selección natural. Un individuo rival se beneficia de mi carretera, pero él no paga el coste de construirla.

La selección darwiniana favorecerá la construcción de carreteras sólo si el constructor se beneficia de la carretera más que sus rivales. Los parásitos egoístas, que usan tu carretera y no se molestan en construír la suya propia, serán libres de concentrar sus energías en reproducirse más que usted. A menos que se tomen medidas especiales, la tendencia genética hacia una explotación perezosa y egoísta florecerá a expensas de la industriosa construcción de carreteras. El resultado será que no se construirá ninguna carretera. Con el beneficio de la previsión, nosotros podemos ver que todo el mundo se beneficiará. Sin embargo, la selección natural, a diferencia de los humanos con nuestro gran cerebro recientemente desarrollado, no tiene previsión.

¿Qué tenemos de especial los humanos, que hemos conseguido superar nuestros instintos antisociales y hemos construido carreteras que todos podemos compartir? Tenemos gobiernos, impuestos, trabajos públicos a los que todos nos suscribimos, queramos o no. El hombre que escriba "Señor, es usted muy amable, pero creo que prefiriría no unirme a su esquema de impuestos sobre la renta" podemos estar seguros que tendrá noticias de Hacienda. Desafortunadamente, ninguna otra especie ha inventado el impuesto. Sin embargo, han inventado la valla (virtual). Un individuo puede asegurarse el beneficio exclusivo de un recurso si lo defiende activamente contra los rivales.

Muchas especies de animales son territoriales, no sólo las aves y los mamíferos, sino también los peces y los insectos. Defienden un área contra rivales de la misma especie, a menudo para asegurar una zona privada de alimento, o una pérgola de cortejo o zona de nidaje. Un animal con un territorio grande se podría beneficiar construyendo una red de buenas carreteras planas a través del territorio del que los rivales son excluídos.

Esto no es imposible, pero tales carreteras animales serían demasiado locales para los viajes de larga distancia y alta velocidad. Las carreteras de cualquier tipo estarían limitadas al pequeño área que un individuo puede defender contra los rivales genéticos. No es un comienzo favorable para la evolución de la rueda.

Ahora debo mencionar que existe una reveladora excepción en mi premisa. Algunas criaturas pequeñas han desarrollado la rueda en el sentido más amplio de la palabra. Uno de los primeros dispositivos de locomoción desarrollados puede haber sido la rueda, dado que durante la mayor parte de sus primeros 2.000 millones de años, la vida no consistió en otra cosa que en bacterias, pero incluso nuestras células bacterianas personales superan en mucho a nuestras "propias" células.

Muchas bacterias siguen utilizando hélices espirales con forma de rosca, cada una manejada por su propio eje en continua rotación. Se solía pensar que estos "flagelos" se agitaban como las colas, dando la apariencia de una rotación espiral, resultado de un movimiento ondulatorio a lo largo del flagelo, como el meneo de una serpiente. La verdad es mucho más notable. El flagelo bacteriano está unido a un eje manejado por un pequeño motor molecular, y rota libre e indefinidamente en un agujero de la pared celular.

El hecho de que sólo las criaturas muy pequeñas hayan desarrollado la rueda sugiere la que puede ser la razón más plausible por la que las criaturas mayores no lo han hecho. Es una razón algo mundana y práctica, pero de ninguna manera es la menos importante. Una criatura grande necesitaría grandes ruedas, que, a diferencia de las ruedas hechas por el hombre, tendrían que crecer in situ en vez de ser construidas separadamente a partir de materiales muertos y luego montadas. Para un organismo viviente de gran tamaño, el crecimiento in situ demanda sangre o su equivalente. El problema de suministrar vasos sanguíneos a un órgano en rotación libre, sin mencionar los nervios, y evitando que se líen nudos entre ellos, es demasiado gráfico para que necesite mayor explicación.

Los ingenieros humanos podrían sugerir que se hicieran conductos concéntricos para llevar sangre desde el centro del eje hasta el centro de la rueda. Pero ¿cómo habrían sido las partes intermedias en la evolución? Las mejoras de la evolución son como escalar una montaña (Montaña Improbable). No se puede saltar desde la base de un acantilado hasta la cumbre de un salto. El cambio súbito y precipitado es una opción para los ingenieros, pero en la naturaleza salvaje, la cima de la Montaña Improbable puede alcanzarse sólo si se puede encontrar una rampa gradual hacia arriba desde un punto de inicio dado.

La rueda puede ser uno de esos casos en los que la solución tecnológica puede verse a simple vista, pero ser inalcanzable con la evolución porque yace al otro lado de un valle profundo que atraviesa el macizo de la Montaña Improbable."

Se le podría recordar a Dawkins, sin embargo, que algunos animales han aprovechado las virtudes de la rueda convirtiéndose ellos mismos en ruedas. La polilla Pleurotia ruralis es muy común, pero sólo recientemente se ha descubierto que cuando es perturbada se enrolla con sus pequeñas patas hacia adentro, formando una rueda perfecta que rueda pendiente abajo con sorprendente facilidad. Aún más mérito tiene la salamandra delgada de California, que vive en las laderas escarpadas de Sierra Nevada. Sus patas se extienden a los lados y posee huesos que pueden fracturarse. Pero este anfibio escapa de sus enemigos flexionando increíblemente su cuerpo, arrollando su cola en espiral a un lado y pegando mucho al cuerpo sus patas. Sobrevive a vertiginosos descensos dando botes entre las rocas gracias a su piel lisa y elástica como la goma.

En su descomunal tocho del año 2.004, "El cuento del antepasado" (una lectura muy atrayente, ya que es una historia de la evolución contada de un modo muy peculiar: los diferentes grupos de organismos vivos emprenden una peregrinación hacia el pasado, hacia sus orígenes evolutivos, encontrándose con nosotros en diferentes puntos del camino, donde relatan sus historias), Dawkins repite los párrafos anteriores pero introduce una sugerente novedad. Resulta que el escritor de libros fantásticos Philip Pullman, autor de la fascinante trilogía "La materia oscura", inventa en ella un modo en que los animales adquieren ruedas perfectamente compatible con la selección natural: "Existe un benévolo animal con trompa, la mulefa, que ha evolucionado como simbionte de un árbol gigantesco que da vainas duras y circulares, parecidas a ruedas. La mulefa tiene pies dotados de una espuela dura y pulida que, encajándose en un orificio en el centro de la vaina, la hace funcionar como una rueda. Los árboles sacan partido de la simbiosis porque cuando con el tiempo, como inevitablemente ocurre, una rueda se desgasta y es desechada, la mulefa dispersa las semillas que se hallan dentro de la vaina. Los árboles han evolucionado para poder devolver el favor, ya que producen vainas perfectamente circulares, provistas de un orificio en el centro para el eje de la mulefa, en el que además segregan un aceite lubricante de alta graduación. Las cuatro patas de la mulefa están dispuestas formando un diamante: las dos situadas en sentido longitudinal a lo largo de la línea media del cuerpo se insertan en las ruedas, mientras las otras dos, colocadas una a cada lado a la altura de la mitad del cuerpo, no tienen ruedas y se usan para empujar al animal como si fuese uno de aquellos velocípedos primitivos sin cadena ni pedales. Pullman señala hábilmente que el sistema entero sólo es posible gracias a una característica geológica del mundo en que viven tales criaturas: en la sabana hay largas formaciones basálticas que sirven como carreteras naturales."

lunes, 5 de julio de 2010

¿Hacia dónde nos llevará la biotecnología?






El escritor polaco de ciencia ficción Stanislaw Lem, nos ofrece una visión delirante y caótica de cómo afectará la biotecnología en nuestro futuro. Esta visión, no obstante, está basada en la observación de los movimientos sociales, políticos e ideológicos que han surgido en la historia humana. A pesar de lo estrambótico de las situaciones, sentimos que la lógica con que se llega a ellas nos es muy familiar. Copio algunos extractos del "Viaje vigésimoprimero" del tomo IV de los "Diarios de las estrellas. Viajes y memorias". Podéis leer el capítulo entero (y todo el libro; os recomiendo también el capítulo "Salvemos el Cosmos", sobre el ecologismo galáctico) aquí.


“ El joven hermano me aconsejó empezar mis estudios por un manual de historia dictoniana, escueto pero instructivo, escrito por Abuz Gragz, historiador oficial, pero «relativamente bastante objetivo», según me dijo. Seguí esta sugerencia.

Hasta alrededor del año 2300, los dictonianos se parecían todavía a los hombres como
hermanos gemelos. A pesar de que los progresos de la ciencia eran acompañados por la
laicización de la vida, el duismo, religión preponderante en Dictonia durante veinte siglos,imprimió su huella en el desarrollo ulterior de la civilización del planeta. El duismo promulga la creencia de que cada vida conoce dos muertes, la anterior y la posterior, o sea, la de antes del nacimiento y la de después de la agonía. Los teólogos dictonianos se hacían cruces, estupefactos, cuando tiempo después, conocían de mi boca que nosotros,los terrestres, no pensábamos así y que había iglesias que sólo se interesaban por una, o sea la existencia posmortuoria. No podían comprender por qué a la gente le era desagradable la idea de su futura desaparición y, en cambio, no les molestaba pensar que antes de nacer no estaban en el mundo.

El duismo modificó su esencia dogmática en el transcurso de los siglos, pero siempre
demostró un gran interés por la problemática escatológica, lo que condujo precisamente,según el profesor Gragz, a emprender, tiempo atrás, el intento de poner en marcha una tecnología inmortalizadora. Como se sabe, nos morimos porque envejecemos, y envejecemos, es decir, sufrimos deterioros corporales, por culpa de la pérdida de informaciones imprescindibles: las células olvidan con el tiempo qué deben hacer para no desintegrarse. La naturaleza suministra este conocimiento, de manera constante, sólo a las células del sistema reproductivo, porque las otras le importan un comino. Así pues, el envejecimiento consiste en el despilfarro de informaciones de una importancia vital.

Bragger Fizz, el inventor del primer lnmortalizador, construyó un dispositivo al cuidado del organismo del hombre (usaré este término hablando de los dictonianos, porque me es más cómodo), que recogía cada pizca de información perdida por las células corporales y se la introducía de nuevo. Dgunder Brabz, el primer dictoniano que se prestó al experimento de perpetuización, fue inmortal sólo un año. No pudo aguantar más, porque le cuidaba un equipo de sesenta máquinas que clavaban miles de millones de invisibles alfileritos de oro en todos los recovecos de su organismo. No podía moverse y vivía una vida de tristeza en medio de una verdadera planta industrial (llamada la perpetuandería). Dobder Gwarg, el candidato siguiente a inmortal, podía ya pasearse, pero le acompañabasiempre una columna de tractores pesados, cargados de aparatos perpetuizadores. También él, a su vez, se suicidó por motivos de frustración.

Sin embargo, persistía la opinión de que gracias al progreso de esa tecnología se
inventarían unos microperpetuadores. Desgraciadamente, Haz Berdergar demostró, en
base a unas operaciones matemáticas, que PEPITA (Perpetuador Personal de
Inmortalización Totalmente Automática) tenía que pesar por lo menos 169 veces más que
el inmortalizado, siempre y cuando se lo construyese conforme al plan típico de la
evolución, ya que, como dije antes y como saben nuestros científicos, la naturaleza se preocupa únicamente por el puñado de células reproductoras de cada individuo, y manda el resto al cuerno.

La disertación de Haz causó una impresión enorme y hundió la nación en una profunda
depresión: la humanidad comprendió que no se podía traspasar la Barrera de la
Mortalidad sin despojarse simultáneamente del cuerpo hecho por la Naturaleza. En la
filosofía, el razonamiento de Berdergar encontró la reacción en la famosa doctrina del gran pensador dictoniano Donderwars. Su tesis afirmaba que la muerte espontánea no podía llamarse muerte natural. Lo natural es digno y honesto, mientras que la mortalidad era un escándalo y una infamia a escala cósmica. La universalidad del crimen no atenúa en lo más mínimo su infamia. Tampoco tiene la menor importancia para la apreciación de un crimen el hecho de haberse dejado prender, o no, su autor. La naturaleza se comportó con nosotros de manera canallesca, confiándonos una misión aparentemente llena de encanto y, en realidad, desprovista de esperanza. Cuanta más sabiduría se adquiere en la vida, más cerca se está del nicho. Puesto que ninguna persona de moralidad elevada puede asociarse con asesinos, es inadmisible la colaboración con la bellaca Naturaleza. Sin embargo, el entierro es un acto
de cooperación bajo la forma de juego a la gallina ciega. Lo que se pretende es esconder a la víctima, como suelen hacer los cómplices de un crimen; en las losas sepulcrales se graban muchas cosas insignificantes, pero nunca las esenciales: si los hombres se atrevieran a enfrentarse con la verdad, estamparían en ellas una buena sarta de maldiciones dedicadas a la Naturaleza, ya que es ella quien arregló nuestro destino. En cambio, nadie dice esta boca es mía, como si un asesino tan hábil que se volatiliza siempre, mereciera encima por ello una consideración especial. En vez de «Memento mori», hay que repetir «Exite ultores» y perseguir la inmortalidad, aún al precio de la pérdida del aspecto tradicional: éste era el testamento ontológico del eximio filósofo.”

“El Padre Superior me explicó que el duismo era una fe en Dios despejada de dogmas
que se habían enranciado progresivamente en el transcurso de las revoluciones bióticas. La Iglesia atravesó la crisis más grave cuando fue desautorizado el dogma del alma inmortal, comprendida en el sentido de una perspectiva de vida eterna. La dogmática fue atacada en el Siglo XXV por tres técnicas sucesivas: las de congelación, inversión y espiritualización. La primera consistía en convertir al hombre en un bloque de hielo, la segunda, en invertir la dirección del desarrollo individual, la tercera en manipular a su antojo la conciencia humana. El ataque de la frigidación pudo aún ser combatido, gracias a la afirmación de que la muerte sufrida por el hombre congelado y vuelto a resucitar, no era idéntica a la que, como dicen las Sagradas Escrituras, es seguida por la partida del alma al Más Allá. Era una explicación imprescindible, porque, si no se hiciera esta diferencia, un resucitado tendría que saber alguna cosa sobre el lugar en el cual estaba
su alma durante los cien o varios centenares de años de su permanencia fuera de la vida.

Algunos teólogos, Gauger Drebdar entre otros, creían que la verdadera muerte acaecía
sólo después de la descomposición del cuerpo («y en polvo te convertirás»), pero esta
versión tuvo que ser abandonada después de la puesta en marcha del llamado campo de
resurrección, que componía al hombre vivo precisamente de polvo, es decir, del cuerpo
hecho de polvo de átomos, ya que tampoco en ese caso el resucitado sabía nada si, y
dónde, su alma se iba mientras tanto. El dogma se conservó gracias a una política de
avestruz: se evitó cuidadosamente definir cuándo la muerte era ya tan contundente que el alma podía, sin lugar a dudas, desprenderse del cuerpo. Sin embargo, sobrevino luego la ontogénesis inversible; su técnica no fue concebida especialmente para atacar la fe, pero resultó muy eficaz en la liquidación de los vicios de desarrollo del feto: gracias a ella, se aprendió a practicar la detención y regresión de dicho desarrollo, después de invertirlo totalmente, para volver a iniciarlo a partir de la célula fecundada. Pronto se vio comprometido el dogma de la inmaculada concepción, junto con el de la inmortalidad del alma, todo de un golpe, puesto que, gracias a la retroembrionalización, se podía hacer volver atrás cada organismo a través de todas las frases anteriores e, incluso, causar una
nueva escisión de la célula fecundada que le había dado origen, en óvulo y
espermatozoide. Era, verdaderamente, un problema muy embrollado, visto que, según el dogma, Dios creaba el alma en el momento de la fecundación; y si se podía invertir y, por tanto, anular la fecundación separando sus dos componentes, ¿qué pasaba con el alma ya creada? El producto secundario de esa técnica era la clonación, es decir, la incitación de cualquier célula, tomada de un cuerpo vivo, a desarrollarse en un organismo normal; igual servían células de la nariz, talón, mucosa de la boca, etc. Como en esta clase de creación no intervenía para nada la fecundación, no cabía duda de que funcionaba allí la biotécnica de la inmaculada concepción, que fue explotada a escala industrial. También se sabía ya invertir, acelerar o desviar la embriogénesis, de modo que un embrión humano podía convertirse, por ejemplo, en el de un mono; en tal caso, ¿qué le sucedía al alma? ¿Era estirada y comprimida como un acordeón o, tal vez, después de ser cambiada la marcha de la vía humana a la simiesca, se perdía por el camino? Sin embargo, según el dogma, el alma no podía, una vez creada, ni desaparecer ni disminuir, ya que era una unidad indivisible. Hubo quien empezó a pensar si no se debía lanzar anatema sobre los ingenieros embrionistas, pero no lo hicieron, y con razón, porque iba tomando un gran auge la ectogénesis. Al principio pocos y después ya nadie nacía de varón y hembra, sino de una célula encerrada en una matriz artificial, y, en verdad, era difícil negar los sacramentos a toda la humanidad a causa de haber nacido por el sistema de partenogénesis. “

“Viendo que el movimiento teológico quedaba distanciado por el progreso técnico, el
Concilio del año 2542 fundó la orden de los Padres Prognositas, encargándoles trabajos futurológicos dentro de la esfera de los intereses de la santa fe, ya que la necesidad de anticipar su destino en el porvenir era urgentísima. La inmoralidad de las tecnologías nuevas asustaba no sólo a los creyentes: gracias a la clonación, por ejemplo, se podían producir, además de individuos normales, unos seres biológicos, pero casi sin cerebro,aptos para trabajos mecánicos, y, peor todavía, tapizar muebles y paredes con tejidos de hombres y animales, cultivados adrede para este uso. Se fabricaban también insertos y clavijas para reforzar o debilitar la inteligencia, se despertaban estados de éxtasis místico en las computadoras y en los líquidos, se convertía una célula de hueva de rana en un sabio, provisto de cuerpo humano o animal, o bien de una forma nueva, hasta entonces desconocida, proyectada por especialistas en embriología. Hubo varias protestas contra esta actividad, incluso en el mundo seglar, pero no se les dio satisfacción.”

“Supe, gracias al profesor, que en el ano 2401 Byg Broggar, Dyr Daagard y Merr Darr
abrieron las puertas de par en par sobre la perspectiva de una ilimitada libertad
autoevolutiva. Los tres científicos creían profundamente que el Homo Autofac Sapiens
creado gracias a su invento alcanzaría la plenitud de armonía y felicidad, dándose a si mismo las formas del cuerpo y virtudes del alma por él escogidas como las más perfectas, y que sobrepasaría la Barrera de Mortalidad si lo quisiera; en una palabra, demostraron en el curso de la Segunda Revolución Biótica (a la primera se deben los espermatozoides productores de bienes de consumo), el maximalismo y optimismo típicos de la historia de la ciencia. ¿Acaso no surgen esperanzas parecidas a cada aparición de una tecnología grande y nueva?

En sus comienzos, la ingeniería autoevolutiva, o sea, el llamado movimiento de
embrioconstrucción, parecía desarrollarse de la manera prevista por sus sabios
inventores. Los ideales de salud, armonía, belleza espiritual y corporal se generalizaron, las leyes constitucionales garantizaban a cada ciudadano el derecho a poseer los caracteres psicosomáticos más apreciados. Pronto fueron considerados como unos vestigios de antigüedad todas las deformaciones y lesiones hereditarias, la fealdad y la estupidez. No obstante, todo desarrollo se caracteriza por su marcha hacia adelante que le imprime sin cesar el movimiento del progreso; las cosas no quedaron, pues, en la fase descrita. Los signos de cambios siguientes parecían tener al principio un cariz inocente. Las muchachas se ponían guapas gracias al cultivo de joyería cutánea y de otros primores del cuerpo (orejas acorazadas y uñas de perla); los muchachos lucían con orgullo patillas y barbas por delante y por detrás, crestas en la cabeza, dobles hileras de dientes, etc.

Veinte años después hicieron su aparición los primeros partidos políticos. Mientras leía, tardé un poco en comprender que la palabra «política» no significaba en Dictonia lo mismo que sobre la Tierra. La contrapartida de programa político que postulaba la multiplicación de formas corporales, era el programa monótico que reivindicaba el reduccionismo, es decir, la necesidad de desprenderse de unos órganos consideradoscomo superfluos por los monóticos del partido.”

“Desde los albores de la autoevolución desgarraban el campo del progreso corporal
profundas diferencias de opiniones sobre las cuestiones esenciales. La oposición de los conservadores desapareció ya cuando el gran descubrimiento no contaba más de
cuarenta años; se los llamaba siniestros reaccionarios. Los progresistas, en cambio, se fraccionaron en golpistas, medianistas, multicistas, liniófilos, blandistas y otros muchos partidos más, cuyos nombres y programas se me borraron de la memoria. Los golpistas exigían que las autoridades determinaran un prototipo corporal perfecto, para imponerlo a todos de golpe. Los medianistas, cuya ideología estaba más impregnada de criticismo, juzgaban que no era posible crear una belleza perfecta de forma tan inmediata, y se proclamaban más bien partidarios de un camino hacia el cuerpo ideal, pero no precisaban de manera inequívoca de qué camino se trataba y, en primer lugar, si éste podía ser desagradable para las generaciones intermedias. Respecto a ese problema, se dividían en dos fracciones. Otros partidos, los de liniófilos y multicistas, por ejemplo, afirmaban que valía la pena disponer de varios aspectos para ocasiones distintas y decían que el hombre no era peor que los insectos: si estos últimos podían pasar por metamorfosis durante su vida, al hombre le correspondía el mismo derecho. El niño, el chico, el joven, el hombre adulto, serían personificaciones de modelos esencialmente diferentes. Los blandistas eran los más radicales de todos: desaprovechaban el esqueleto como una cosa anticuada, pregonaban el abandono de la constitución vertebrada y postulaban la plasticidad enteramente blanda. Un blandista podía modelarse y amasarse a si mismo a su gusto. No cabe duda de que era una solución muy práctica para locales pequeños y trajes y se arrollaban hasta conseguir las formas más estrambóticas, para expresar su
estado de ánimo según la situación y circunstancia, por el automodelaje de su cuerpo; sus adversarios poli y monóticos les daban el despreciativo nombre de charcosos.

Para contrarrestar la amenaza de la anarquía corporal fue instaurado el BUPROCUPS
(Buró de Proyectos de Cuerpo y Psique), que debía suministrar al mercado planos
transformativos, variados pero bien estudiados y comprobados. Sin embargo, no se había llegado todavía a un acuerdo respecto a la orientación básica de la autoevolución: se trataba de decidir si debían producirse cuerpos que hicieran la vida lo más agradable posible, o los que facilitasen a los individuos la integración más eficaz en la sociedad; optar por el funcionalismo o la estética, favorecer la fuerza del espíritu o la de los músculos. Era fácil refugiarse en vaguedades y tópicos sobre la armonía y la perfección; sólo que la práctica demostraba que no todos los rasgos excepcionales eran susceptibles de ser fusionados. Había muchos que se excluían mutuamente.

En todo caso, la repulsa al hombre natural estaba en su apogeo. Los especialistas se
extendían sobre el primitivismo y la negligencia del trabajo de la Naturaleza; en los
escritos del campo de cuerpometría e ingeniería somática de la época se manifestaban
claramente las influencias de la doctrina de Donderwars. Se criticaba duramente los fallos del organismo natural, su marcha senilizante hacia la muerte y la tiranía de viejos impulsos sobre la razón, más reciente. Las revistas científicas rebosaban de voces airadas contra los pies planos, tumores, hernias discales y un sinfín de otros males causados por la chapucería evolutiva y desidia de lo que llamaban el trabajo de topo de la evolución derrochadora y falta de ideología; en una palabra: ciega.

Al cabo de tantas generaciones los descendientes parecían vengarse de la Naturaleza
por aquel silencio pasivo con el cual sus antepasados tuvieron que tragarse la revelación del origen simiesco del hombre dictoniano; todos se mofaban del llamado período arbóreo; al parecer, en aquella época unos animales empezaron a refugiarse en los árboles y luego, cuando los bosques desaparecieron a causa de la estepificación, tuvieron que bajar de ellos demasiado pronto. Según algún que otro crítico, la antropogénesis era debida a los terremotos que tiraban al suelo a todo bicho viviente, siendo así que los hombres fueron creados, en cierto modo, por el método de pera madura. Eran, evidentemente, unas simplificaciones muy exageradas, pero burlarse de la Naturaleza era entonces de buen tono.

Mientras tanto, BUPROCUPS perfeccionaba los órganos internos,proveía la columna vertebral de una mejor suspensión y fortaleza, fabricaba corazones y riñones de recambio; pero todo esto no satisfacía a los extremistas, que pugnaban bajo
consignas demagógicas como: ¡Fuera la cabeza! (por no ser lo bastante amplia),
«¡Cerebro al vientre!» (porque allí había más sitio), etc.

Las controversias más violentas surgieron en torno a la cuestión del sexo, ya que
mientras unos encontraban que todo en él era de pésimo gusto y que, para arreglarlo,
había que inspirarse en las flores y las mariposas, otros, reprendiendo a aquellos
platónicos por su fariseísmo, exigían por el contrario la amplificación y escalada de lo que ya existía. Cediendo a la presión de grupos extremistas, BUPROCUPS abrió buzones de proyectos de racionalización en ciudades y aldeas. Aludes de propuestas colmaron los despachos y la cantidad de funcionarios creció vertiginosamente; al cabo de diez años la burocracia oprimió tanto la autocreación que BUPROCUPS se fragmentó en asociaciones, comisiones e institutos, tales como COBRA (Comisión de Bellos Rasgos), SESO (Sociedad de Extremidades Sanas y Ornamentales), IPORRA (Instituto de Popularización Radical de Renovación Anatómica), y otros varios. Proliferaron congresos, cursillos sobre la forma de los dedos, se discutía acerca de la jerarquía y el futuro de la nariz; de las perspectivas para la región sacrolumbar, etc., perdiendo de vista el conjunto del problema, con tal resultado que lo que proyectaba una sección no se ajustaba a la producción de las otras. Nadie dominaba ya la problemática llamada en abreviatura EA(Explosión Automórfica), así que para liquidar finalmente todo aquel caos, se entregó la gestión del campo de la biótica al COMPUSOPSI (Computador Somático Psíquico).”

“ Volví a mi celda y a la lectura de un nuevo tomo de historia, donde se describía la Era de Centralización del Corporalismo. El COMPUSOPSI funcionaba al principio a satisfacción de todo el mundo, pero pronto aparecieron sobre el planeta unos seres nuevos: dobletes, tripletes, cuadrupletes, más tarde octavones y finalmente, los que no querían terminarse de manera calculable, ya que durante la vida siempre les crecía algo nuevo. Era la consecuencia de unos defectos, o sea, una errónea reiteración de los programas; en palabras más sencillas: la máquina empezó a tartamudear. Sin embargo, como el culto de su perfección imperaba, la gente
intentaba loar estos vicios automórficos, llegando a mantener, por ejemplo, que la
incesante brotación y frondosidad, precisamente, era la expresión más convincente de la naturaleza proteica del hombre. Aquel ambiente de lisonja retrasó la reparación del COMPUSOPSI, causando la creación de los llamados infinitistas y potencos(potencia n), que perdieron la orientación en su propio cuerpo, de tanto que tenían. Se perdían en él, formando enredos y nudos; a veces no se los podía desliar sin llamar a los médicos de urgencia. La reparación del COMPUSOPSI no dio resultado. Finalmente le cambiaron el nombre por el de COMPUCHATARRA y lo hicieron volar con explosivos. El alivio que reinó después no duró mucho, ya que volvió la terrible pregunta: ¿qué debía hacerse con el cuerpo?

Por primera vez se dejaron oír entonces unas voces tímidas que proponían la vuelta al
aspecto antiguo, pero fueron acusadas de reaccionarismo obtuso. En las elecciones del
año 2520, vencieron los Antojistas o Relativistas, porque gustó su programa demagógico, según el cual cada hombre podía escoger sus formas a su antojo; las limitaciones sólo podían ser funcionales: el arquitecto corporalista del barrio daba el visto bueno a los proyectos aptos para una existencia confortable, sin preocuparse por lo demás. BUPROCUPS lanzaba al mercado avalanchas de esos proyectos.

Los historiadores llaman a la fase de automorfía regida por el COMPUSOPSI la época de centralización, y a los años que vinieron después, la de reprivatización.
Al confiar el cuidado del aspecto humano a la iniciativa privada, se provocó, al cabo de unos decenios, una crisis nueva. Por otra parte, algunos filósofos venían explicando que cuanto mayor era el progreso más numerosas eran las crisis, y que si éstas faltaban se las debía organizar adrede, ya que activaban, unían, despertaban el entusiasmo creador y el espíritu de lucha, y cimentaban la unión anímica y material en una palabra, incitaban a la sociedad en el marasmo, el estancamiento y otros síntomas de descomposición. Estas teorías eran profesadas por la escuela de los llamados optisemistas, es decir, filósofos que extraían el optimismo para el futuro de la valoración pesimista del presente.

El período de iniciativa privada del modelaje de cuerpos duró tres cuartos de siglo. En sus comienzos, la gente disfrutaba mucho con la automorfía. La juventud volvió a ponerse a la vanguardia de la moda, los chicos llevaban con ostentación sus sistemas respiratorios y su musculatura de último grito, las jovencitas unos modelos de cuerpos de lo más sofisticado que pudieron inventar; pero pronto surgieron entre las generaciones unos conflictos importantes: entre los jóvenes se propagó una corriente contestataria de cariz ascético, en cuyo nombre acusaban a sus mayores de no vivir más que por el placer, les reprochaban su actitud pasiva e incluso consumidora hacia el cuerpo, su hedonismo barato, sus apetitos vulgares de gozar, y para subrayar hasta qué punto se consideraban diferentes, se revestían ex profeso de unas formas repulsivas, muy inconfortables, verdaderamente monstruosas (nefandistas, tremebundinos). En el deseo de demostrar su desprecio por todo lo utilitario, se colocaban los ojos bajo los sobacos; los activistas bióticos más jóvenes usaban un sinfín de órganos de sonido, cultivados en cantidades industriales (tambolinas, arpiolas, poligongos, guitardos). Se organizaban bramiderías en masa, durante las cuales, los solistas, llamados rugeñores, hacían caer a las muchedumbres entusiastas en unos paroxismos de frenesí convulsivo. Vino luego la moda (o manía) de los tentáculos largos, cuyo calibre y fuerza de agarre estaban ajustados a la escala de la típica frase juvenil y jactanciosa:«¡Ahora verás con quién te la juegas!». Puesto que nadie tenía fuerzas para llevar solo aquellas masas de boas enliadas, se solían usar las llamadas andatorias o portacolas (contenedores que sabían andar), que brotaban de la parte baja de la espalda, las cuales, sostenidas por dos fuertes
pantorrillas, transportaban el fardo de tentáculos detrás de su propietario. Encontré en el libro unas ilustraciones con jóvenes elegantes, paseando con sus portacolas llenas de montones de tentáculos; era ya el ocaso de la contestación, mejor dicho su crac total. El movimiento se agotó porque carecía de ideales propios limitándose solamente a representar una protesta contra el barroquismo orgiástico de la época.

Dicho barroquismo tenía sus apologistas y teorizantes, según cuyas afirmaciones el
cuerpo existía para poder experimentar el máximo de placeres en la máxima cantidad de
sitios a la vez. Merg Barb, el representante más nombrado de esa doctrina, explicaba que la Naturaleza había provisto al cuerpo (más bien escasamente) de unos centros de
sensaciones agradables para que las pudiera experimentar; si lo dispuso así, es porque las percepciones placenteras no eran autonómicas, sino que cada una servia a un fin; por ejemplo, suministrar al organismo líquidos, hidratos de carbono, albúmina, o bien asegurarle la continuidad en la descendencia, en la reproducción de las especies, etc. Había que romper definitivamente con ese pragmatismo impuesto.
El papel pasivo de la gente en la creación de los cuerpos era un síntoma de la falta de imaginación perspectiva; los placeres culinarios y eróticos no eran más que un mediocre producto secundario del contentamiento de los instintos innatos, o sea, de la tiranía de la Naturaleza. No bastaba con dar rienda suelta al sexo (lo demostraba la ectogénesis), ya que éste no tenía gran porvenir, ni combinatorio, ni constructivo. Lo que podía inventarse respecto a él, estaba realizado mucho tiempo atrás. El sentido de la libertad automórfica no consistía en aumentar ingenuamente algún detalle que otro, plagiando siempre la misma anticualla sexual; había que inventar unos órganos y sistemas inéditos, cuya única misión sería la de proporcionar a su propietario la posibilidad de sentirse bien, cada vez mejor, deliciosamente.

Barb fue respaldado por un grupo de proyectistas del BUPROCUPS, jóvenes y
talentosos que dibujaban ripcias y jondugos, anunciados por una campaña publicitaria
arrolladora que garantizaba sus perfecciones, proclamando que los goces antiguos de
mesa y cama eran unas verdaderas birrias en comparación con los efectos de ripciadas y jondugaciones. En los cerebros se insertaban, evidentemente, centros de sensaciones
extáticas, programados para el caso por los ingenieros de vías nerviosas y ordenados en series superpuestas. En consecuencia se originaron impulsos nuevos, el ripcioso y el jondugatorio, así como las actividades que les eran propias, de una escala muy rica y variada, puesto que se podía ripciar y jondugar por separado o simultáneamente, en solos, dúos, incluso en grupos de varias decenas de personas. Como es natural, nacieron nuevos géneros de bellas artes, cultivados por artistas ripciores y jondugores; pero las cosas fueron más lejos todavía: a finales del Siglo XXVI hicieron su aparición las formas barrocas de lenguoreptos y chupapiés, acogidos por el aplauso de admiración general. El famoso Ondur Sterodon, que sabia ripciar, jondugar y mandolar, todo a la vez, volando al mismo tiempo con unas alas espinales, se convirtió en ídolo de las masas. En el momento culminante del barroco, el sexo quedó pasado de moda; lo cultivaban todavía sólo dos fracciones políticas de poca monta, los acumuladores y los separatistas. Estos últimos, hostiles al libertinaje, consideraban que era una indignidad besar a una amante con la misma boca con que se comían coles. Según su ideología, se necesitaba para ello una boca distinta, llamada platónica; lo mejor era disponer de toda una gama de bocas, para usarlas conforme a las circunstancias (parientes, amigos, el ser querido). Los acumuladores, adictos al funcionalismo, propugnaban el punto de vista opuesto, juntando todo lo que podían para simplificar el organismo y la vida.

El período postrero de aquel estilo, extravagante y estrambótico como todos los estilos decadentes, creó unos ejemplares tan raros como la mujer taburete y el héxaco, este último parecido a un centauro que tuviera, en vez de cascos, cuatro pies descalzos, el par anterior girado en punta hacia el posterior. Este especimen tenía un segundo nombre, el de pateón, tomado de su baile preferido, cuyo paso esencial era un pateo enérgico. Sin embargo, el mercado daba señales de saciedad y hastío. Cada vez era más difícil dar el golpe con una novedad corporal: se llevaban peinados de asta natural, las damas de la alta sociedad se abanicaban las mejillas con sus pabellones auriculares rosa pálido adornados de dibujos estigmáticos en transparencia, se intentaba andar sobre unos seudopedúnculos torneados, etc. El BUPROCUPS, por pura inercia, seguía editando proyectos: pero varios síntomas presagiaban el cercano fin de aquella era.”

“Abrí el tomo de la historia dictoniana dedicado a la época moderna.
El primer capítulo trataba de las corrientes autopsíquicas del Siglo XXIX. La
omnipotente transformabilidad corporal había llegado a aburrir tanto a la gente, que la idea de olvidar el cuerpo y ocuparse de la formación del intelecto pareció dar una nueva vida a la sociedad y sacarla del marasmo. Fueron los comienzos del Renacimiento. Los primeros en abrir el camino al nuevo estilo eran los genialitas, autores del plan de convertir a todos los hombres en sabios. No tardó en despertarse el hambre del saber, el intenso deseo de cultivar las ciencias, el establecimiento de contactos intersiderales con otras civilizaciones. Al mismo tiempo, el crecimiento irresistible de conocimientos exigió unas transformaciones corporales correspondientes, ya que los cerebros tan desarrollados no cabían siquiera en el vientre. La sociedad se genializaba con aceleración exponencial y las ondas intelectuales recorrían todo el planeta. Ese Renacimiento que buscaba el sentido de la existencia en el Saber, duró setenta años. Dictonia rebosaba de
pensadores, profesores, superfesores, ultrafesores y, al final, de contrafesores.
Y puesto que el transporte de cerebros agigantados se hacia cada vez más incómodo,
después de una corta fase de bipensantes (llevaban dos carretillas incorporadas, una
delante y otra detrás, para los pensamientos superiores e inferiores), los genialitas se convirtieron, por el orden mismo de la vida, en inmuebles. Cada uno estaba metido en la torre de su propia inteligencia, envuelto en serpentinas de cables como una Gorgona; la sociedad del planeta se parecía a un panal de sabiduría, recogida en vez de miel, en cuyas celdillas pululaba la cresa humana. La gente conversaba por radio y se hacía televisitas. Las secuelas de la escalada científica condujeron a un conflicto entre los partidarios de convertir la riqueza de sabidurías individuales en un tesoro común y los coleccionistas de conocimientos, que querían poseer el régimen de propiedad privada de sus informaciones. Empezó el espionaje de pensamientos ajenos, robos de ideas especialmente brillantes, intrigas entre las torres de los antagonistas en filosofía y arte, falsificaciones de datos, cortes de cables, e incluso intentos de anexión de bienes psíquicos de los vecinos, incluyendo a la persona del propietario.

La reacción fue violenta. Nuestros grabados medievales con imágenes de dragones y
monstruos de allende los mares son un juego de niños comparados con el desenfreno de
formas corporales que se adueñó del planeta. Los últimos genialitas, cegados por el sol, salían a rastras de las ruinas de sus torres para huir de la ciudad. Gambercias,
penderastas y atracontes aprovecharon el caos general para hacerse amos del lugar. Se
producían combinaciones de máquinas y cuerpos, entregadas a la lujuria (maquinoide
aparatista, desnudomóvil, vagonhembra), la prensa publicaba irreverentes caricaturas del clero: cucaramonje con cucaramonja, sin mencionar a ternellas y ventrugos.

Fue una época de gran auge de la agonalia. Toda la civilización retrocedió un paso
gigantesco. Hordas de musculosoestrangulones retozaban en los bosques con rastrinfas.
En los matorrales se agazapaban las tribus de temblarios. En el planeta no quedaba ni
rastro de su pasado cerebral. En los parques, invadidos por la mala hierba de muebles y vajillas salvajes, reposaban entre las matas de toalleros los montañistas(verdaderas montañas de carne jadeante). Casi todas esas formas execrables no eran planeadas y preconcebidas conscientemente, sino arrojadas al mundo al azar de averías de la maquinaria constructora de cuerpos, que, en vez de modelos encargados, producía unos monstruos degenerados y enfermos. En aquella época de monstrólisis social, como escribía el profesor Gragz, la prehistoria parecía tomarse un extraño desquite en sus descendientes, ya que lo que el pensamiento primario sólo imaginaba a través de unos mitos pavorosos, o sea, la palabra de horror, se hizo cuerpo en el delirio ciego de la tecnología biótica.

En los comienzos del Siglo XXXX asumió el poder en Dictonia el dictador Dzomber
Glaubon. Bajo sus órdenes, en el espacio de veinte años se estableció la unificación,
normalización y estandarización de los cuerpos, acogida al principio como una salvación. El nuevo gobernante era partidario de un absolutismo ilustrado y humanitario, así que no permitió que se exterminaran los individuos de formas degeneradas procedentes del Siglo XXIX, sino que los congregó en unas reservas designadas para este fin. En los confines de una de ellas, precisamente, estaba situado, debajo de las ruinas de la antigua capital de la provincia, el convento subterráneo de los Padres Destruccianos en el cual me había refugiado. Conforme a un decreto de Glaubon, todos los ciudadanos estaban obligados a ser solistas sintraseristas, o sea, unisexuales y con el mismo aspecto por delante que por
detrás. El dictador explicó en sus Pensamientos, obra representativa de su programa, que había privado a la población del sexo por considerarlo culpable de la decadencia del siglo anterior. Les dejó la razón porque no quería gobernar a unos débiles mentales, sino, al contrario, renovar la civilización.

Pero la razón implica la diversidad, incluyendo las ideas no ortodoxas. Una oposición
ilegal se ocultó bajo tierra, donde se entregaba a funestas orgías antisolistas. Eso, por lo menos, era lo que decía la prensa gubernamental. Sin embargo, Glaubon no perseguía a los miembros de la oposición, revestidos de unos cuerpos contestatarios (mastocontes, traseristas). Se decía que incluso operaban en la clandestinidad unos bitraseristas, según cuya doctrina la razón existía para que la gente tuviera un medio de comprender que debía librarse de ella cuanto antes, ya que era la causa de todos los desastres en la historia universal. Dicha fracción sustituía la cabeza por lo que suele tomarse por su antítesis, por considerar que era incómoda, perjudicial y banal. En todo caso, el padre Darg estaba seguro de que la prensa exageraba un poco por exceso de celo. Los traseristas eliminaron la cabeza porque no les gustaba, pero conservaron el cerebro y sólo lo trasladaron más abajo para que mirara el mundo con dos ojos, el del ombligo y otro, detrás, un poco más abajo todavía.

Después de haber instaurado un relativo orden en el país, Glaubon proclamó un plan
milenal de estabilización social gracias a la llamada hedalgética. La publicación del
decreto fue precedida por una gran campaña de prensa bajo el lema «EL SEXO AL
SERVICIO DEL TRABAJO». Cada ciudadano tenía adjudicado su puesto de trabajo y los
ingenieros de vías nerviosas enlazaban las de su cerebro de tal manera que sentía el
goce si trabajaba como era debido. Plantaba árboles o acarreaba agua, volaba en alas de la voluptuosidad, y cuanto más trabajaba, más intenso era su éxtasis. Pero la malicia propia a la inteligencia puso también trabas a este método sociotécnico, considerado como infalible: los inconformistas opinaban que el goce sentido gracias al trabajo era una forma de alienación. Rebelándose contra la lujuria laboral (laboribido), pese al deseo que les empujaba hacia las profesiones impuestas, se dedicaban a cualquier actividad salvo la que podía satisfacer su libido. Quien tenía que ser aguador cortaba leña, quien era leñador acarreaba agua en manifestación abierta contra el gobierno. Glaubon decretó repetidas veces un incremento del deseo socializado, pero lo único que consiguió fue el nombre de 'era de la martirología' dado por los historiadores a los años de su gobierno. La biolicía tropezaba con grandes dificultades en la búsqueda de los culpables de esa clase
de delitos, ya que los sospechosos, cogidos in fraganti, mentían con hipocresía, alegando que sus quejas eran debidas al placer y no al sufrimiento. Glaubon, viendo la ruina de sus grandes planes, se retiró de la palestra de la vida biótica profundamente decepcionado.

Más tarde, en los confines de los Siglos XXXI y XXXII, sobrevino el período de luchas
de los Diadocos; el planeta se dividió en provincias, habitadas por ciudadanos cortados según el modelo impuesto por las autoridades locales. Eran ya los tiempos de la Contrarreforma posmonstrolítica. Los siglos pasados dejaron tras de sí unas
aglomeraciones de ciudades medio derruidas, plantas de fabricación de fetos, reservas
visitadas aún esporádicamente por unas comisiones móviles de inspección, autopistas sin tráfico rodado, y otros relictos del pasado que continuaban funcionando todavía a medias, sin vigor ni eficacia. El Tetradoc Clambron instauró la censura del recetario genético, que prohibía el uso de ciertas especies de genes; pero los individuos disconformes sobornaban a los organismos de control, o bien se ponían en sitios públicos mascarillas y postizos, se pegaban los rabos a la espalda con esparadrapo o los escondían en la pernera del pantalón, etc. Estas prácticas eran del dominio público.

El Pentadoc Marmozel, haciendo suyo el principio divide et impera, promulgó una ley que aumentaba la cantidad de sexos reconocidos oficialmente. Además del hombre y la mujer, fue creado el titerombre y la tortembra, y dos sexos auxiliares: el sostenco y el friguita. La vida, y especialmente la vida sexual, se complicó mucho durante aquel período. Hay que añadir que las organizaciones clandestinas hacían sus reuniones bajo la cobertura de relaciones entre seis sexos (sexsexuales) recomendadas por la autoridad, así que por esta razón, entre otras, el proyecto fue parcialmente anulado. Se prescindió de los auxiliares, conservando solamente hasta hoy a la tortembra y al titerombre.

Bajo el reinado de los Hexadocos, la gente inventó, para burlarse de la censura
cromosómica, las alusiones corporales. En mi libro figuraban retratos de personas cuyos pabellones auriculares tenían la forma de pantorrillas; cuando movían las orejas, no se sabía si lo hacían sin ninguna intención especial, o bien para dar unas patadas alusivas. En ciertos círculos se apreciaba mucho la lengua terminada por una pequeña pezuña. Era, eso si, incómoda y no servía para nada, pero precisamente así se manifestaba el espíritu de la libertad somática. Gurilo Hapsodor, que pasaba por liberal, concedió a los ciudadanos de excepcional mérito el permiso de poseer una pierna supletoria; la gente se acostumbró a ver en ello una distinción honrosa. Con el tiempo, el significado de aquella pierna perdió su carácter locomotor y se convirtió en el signo del cargo que se ejercía; los
altos dignatarios llegaban a tener hasta nueve piernas, gracias a lo cual se podía conocer el rango de cada uno inmediatamente, incluso en el cuarto de baño.

Asumido el poder por Ronder Ischiolis, de principios severos, se abolieron los permisos para el metraje corporal supletorio, llegando al extremo de confiscar piernas a los acusados de algún delito. Incluso corrían rumores de que aquel gobernante enérgico quería liquidar todas las extremidades y órganos excepto los imprescindibles para la vida, y fundar la microminiaturización (se construían unos pisos cada vez más pequeños), pero Bghiz Gwarndl, el sucesor de Ischiolis, anuló esos proyectos y hasta autorizó la cola, arguyendo que su penacho era útil para barrer el suelo. Luego, con Gondel Gurva en el poder, hicieron su aparición los llamados desviacionistas bajeros, que multiplicaban ilegalmente sus miembros inferiores; en el período siguiente, de autoridad más dura, volvieron a mostrarse (mejor dicho, a esconderse) uñas linguales y otros pequeños órganos contestatarios.

Las oscilaciones de ese tipo se producían todavía en el momento
de mi llegada a Dictonia. Lo que era totalmente imposible de realizar corporalmente se expresaba en la literatura pornográfica de la biótica, editada en la clandestinidad subterránea y perteneciente a las publicaciones prohibidas que figuraban en cantidad en la biblioteca del convento. He leído, por ejemplo, un manifiesto que incitaba a la creación inmediata del mujerrero que debía caminar sobre trenzas en vez de piernas; el engendro de otro autor anónimo, el falsetario, debía desplazarse en el aire en base a la técnica del tapiz volador.

Una vez adquiridas las nociones generales de la historia de Dictonia, pasé a la
literatura científica actual. El órgano principal de proyectos e investigación era
CUPROCOPS (Comisión Unificadora de Proyectos Corporales y Psíquicos). Gracias a la
amabilidad del padre bibliotecario, pude enterarme de los más recientes trabajos
publicados por dicha organización. Así, por ejemplo, el ingeniero de cuerpos Dergard
Vnich era autor de un prototipo llamado provisionalmente el polimón o doquiernal. El prof. dr. ing. lic. Dband Rabor trabajaba al frente de un nutrido grupo de investigadores en un proyecto atrevido, incluso controvertible, del llamado multipista, que debía representar la unificación funcional en tres sentidos: el de comunicación, el sexual y el de evasión abstracta. Tuve también acceso a los trabajos perspectivo-futurológicos de los mejores especialistas en cuerpos de Dictonia: la impresión que saqué de mis lecturas fue la de una automorfía atascada en un punto muerto de su desarrollo, pese a los esfuerzos de los
especialistas por sacarla del marasmo; el artículo del prof. Zagoberto Graus, director de la CUPROCOPS, publicado en la revista científica mensual 'La Voz del Cuerpo', terminaba con estas palabras: «¿Cómo podemos no transformarnos, si podemos transformarnos?»”

miércoles, 13 de enero de 2010

Úteros artificiales en un bravo nuevo mundo



He acabado de leer la novela “Un mundo feliz” (A brave new world), de Aldous Huxley. Me ha gustado mucho. Creo que literariamente es muy buena y que plantea numerosos e interesantes debates éticos e intelectuales. Pero lo que más me ha sorprendido ha sido la gran capacidad de Huxley para predecir el futuro. Escribió la novela en cuatro meses de 1.931. En ella imaginaba cómo sería la sociedad dentro de 600 años. (Después de escribir esta entrada he leído el prólogo de Huxley a la novela, escrito 15 años después, y me admiro aún más de su lucidez, pues intuyó que los cambios se iban a producir mucho más rápido de lo que estimaba entonces).

Pienso que sólo 80 años después ha acertado en muchísimas cosas. La tendencia humana hacia la comodidad y la huida del dolor han llegado en los países desarrollados en la actualidad a los niveles descritos en la novela. El miedo exagerado al dolor, dicen los psicólogos, es una de las causas de muchas de las neurosis modernas. Apenas se habla de la muerte y cada vez se esconde más, y la religión va teniendo menos protagonismo en la vida de los ciudadanos. Este papel central de la religión está siendo sustituido por los entretenimientos modernos: el deporte (piénsese en el abrumador poder de seducción del fútbol a nivel planetario), las sesiones interminables de baile y música repetitiva en las discotecas, las drogas (el “soma” y el “Sucedáneo de Pasión Violenta” de la novela), los espectáculos multisensoriales con tramas de escasa profundidad (piénsese en la reciente irrupción del cine en tres dimensiones y la próxima difusión de la televisión en 3D, en los videojuegos interactivos y en los avances en realidad virtual), el consumismo desaforado, etc. El sexo es cada vez más considerado principalmente como un ejercicio lúdico (en la novela está totalmente desvinculado de la reproducción y de la afectividad y su práctica se promueve desde la infancia) y la promiscuidad en las relaciones es común en nuestra sociedad (hasta las mujeres son cada vez más “neumáticas”, como se dice en la novela, gracias a todo tipo de implantes en pechos, culos, labios, etc.). En la sociedad utópica de la novela se huye de los sentimientos y afectos profundos y duraderos: las relaciones sentimentales son fugaces y sólo mantenidas por la pasión sexual (en nuestra sociedad muchas personas manifiestan esta opción vital). La educación corre cada vez menos a cargo de la familia y cada vez más a cargo del Estado, las grandes empresas y la publicidad. Los mensajes “hipnopédicos” de la novela, implantados en la mente del niño durante el sueño, los envían en la actualidad los anuncios y las insinuaciones sutiles (o no tanto) de las series de televisión o las películas. Por supuesto, en la novela, el vínculo más intenso posible entre dos personas, la relación padres-hijos, es eliminado por peligroso para la estabilidad emocional de los individuos y la paz social (la simple mención de la palabra “madre” es considerada la mayor de las obscenidades).

Precisamente de la predicción biológica más importante de la novela es de la que trata esta entrada: la de que los fetos son mantenidos desde la concepción hasta su nacimiento en úteros artificiales. En la novela, diversos tratamientos químicos durante esta etapa dan lugar a las distintas castas de individuos (la creación de estas castas es actualmente cada vez más posible, gracias a técnicas como la manipulación genética, la selección de embriones o la clonación), destinados a realizar diferentes tareas.

En 1.997, el Dr. Yoshinori Kuwabara, profesor de ginecología de la Universidad de Juntendo (Japón), y su grupo de colaboradores desarrollaron un útero artificial capaz de incubar fetos de cabra. Mantuvieron con vida a fetos durante más de tres semanas, hasta el final de su período de gestación, en un recipiente de plástico diseñado a tal efecto. El útero artificial diseñado por el Dr. Kuwabara consistía en un recipiente de plástico transparente lleno de líquido amniótico a temperatura corporal y conectado con una serie de dispositivos para las funciones vitales. El feto se encontraba sumergido en el recipiente donde se reemplazaba el oxígeno y se limpiaba su sangre con una máquina de diálisis conectada a su cordón umbilical. Sin embargo, algunos de los fetos de cabra sólo sobrevivieron unos pocos días.

En 2.007, científicos japoneses crearon un “útero” para incubar en sus primeros días óvulos fertilizados artificialmente. Actualmente, los embriones humanos surgidos de fertilización in vitro (FIV) son mantenidos en “microgotas”, una mezcla de aceite mineral y fluido de cultivo, para evitar que se sequen. Pero ese mecanismo está lejos de igualar las condiciones que provee el útero humano. Los embriones fertilizados artificialmente suelen crecer mucho más despacio en las microgotas, comparados con los embriones concebidos naturalmente. En la última edición de New Scientist Magazine, investigadores de Japón indicaron que diseñaron un chip de 2 mm de ancho y 0.5 mm de alto que, según explicaron, simula mejor las condiciones del útero natural. Los embriones frescos sometidos a FIV son colocados en los chips, descansan en una membrana de células uterinas cultivadas, y, una vez que están listos para pegarse ellos mismos a la pared del útero, son reinsertados en la matriz materna. El equipo de Teruo Fujii, de la Universidad de Tokio, experimentó con embriones de ratones y halló que aquellos criados en chips crecieron más rápido que los que fueron colocados en microgotas. El 80% de los embriones mantenidos dentro de los chips estuvieron listos para ser colocados en el útero en 72 horas, mientras que sólo el 20% de los que permanecieron en microgotas llegaron a ese estadio en la misma cantidad de tiempo. Con todo, los óvulos mantenidos dentro de ratones hembras siguieron teniendo la mejor respuesta. Un 90% de ellos estuvieron listos para llegar al útero en 72 horas.

Científicos estadounidenses crearon otro útero artificial según el mismo principio en 2.008, a partir de prototipos con células extraídas de cuerpos femeninos. Las células femeninas fueron obtenidas del endometrio, es decir, de las paredes del útero, para posteriormente "cultivarlas" en laboratorio con la ayuda de hormonas. Luego, los investigadores hicieron crecer extractos de esas células en un material especial biodegradable modelando la forma del interior de un útero. En esta etapa se agregaron al tejido los embriones fruto de fertilizaciones in vitro anteriores, para interrumpir su desarrollo a los seis días a causa de las normas de Estados Unidos sobre la reproducción in vitro. Sin embargo, los científicos del Centro para la medicina reproductiva y la infertilidad de la universidad de Cornell están decididos a seguir avanzando, ya que están empeñados en hacer crecer los embriones hasta el período máximo de 14 días previsto por la ley.

En el otro extremo, un feto puede sobrevivir fuera de la madre en incubadoras a partir de la semana 22. Quedan por crear las herramientas que permitirán reunir los dos extremos del desarrollo embrionario y fetal: unos mecanismos que reproducirán artificialmente las funciones naturales realizadas durante nueve meses por el útero y la placenta.

Henri Atlan, biólogo y bioético, ha publicado un libro sobre el tema: "El útero artificial", de ediciones Seuil de Francia, en el que anuncia que el siglo XXI verá nacer el útero artificial y la ectogenésis, el embrión desarrollado fuera del organismo materno.

Según el diario español "El País", Atlan calcula que todavía tendrán que pasar unos cincuenta años o más, aunque la puesta a punto del útero artificial parece inevitable. Esta técnica, desarrollada en un principio por motivos terapéuticos como parte de los tratamientos contra la esterilidad, los abortos repetidos o para la protección de los grandes prematuros, permitirá desarrollar una nueva forma de procreación artificial, ajena a la mujer.

Sin dudas, el debate social será inmenso. La problemática será muy compleja porque se tratará de una nueva forma de concebir la vida. Las mujeres tendrán la libertad de tener niños y niñas sin pasar por el embarazo ni el parto. Atlan asegura que muchas mujeres optarán por este método y que será muy difícil impedir la popularización de la ectogenésis, como lo fue la de los métodos anticonceptivos y el aborto. Muchas de las personas que han leído el libro se cuestionan si ya se habla de poshumanidad, pero Atlan asegura que todas las investigaciones no conducen a esa etapa. El ser humano sigue formando parte de la naturaleza. No puede dejar de hacerlo. La especie siempre ha evolucionado a través de sus técnicas, de la medicina, de su hábitat. Cómo hacer que la fabricación de niñas y niños sea menos dolorosa y cómo controlar los nacimientos han sido siempre grandes cuestiones de la humanidad. El útero artificial no hace más que proseguir estas investigaciones. La gran pregunta quizás sea si desaparecerá el vínculo carnal entre la madre y el bebé, si cambiará la relación entre los adultos y los niños. ¿Serán niñas y niños “externalizados”?

Otros autores plantean preguntas similares. "El útero es un lugar oscuro y peligroso, un medio ambiente lleno de riesgos", escribió hace 25 años Joseph Fletcher, profesor de ética médica de la Universidad de Virginia. "Querríamos que nuestros posibles hijos estuvieran donde pudieran ser vigilados y protegidos lo más posible", dijo Fletcher.

Pero sabemos que el feto en desarrollo responde a los latidos del corazón de la madre, sus emociones, sus estados de ánimo y sus movimientos. ¿Nos arriesgaríamos a producir seres emocionalmente incapaces de conectarse y ser plenamente humanos? ¿Cómo incidirá esto en el concepto de responsabilidad de los padres? ¿Los padres se sentirán menos apegados a su descendencia y llegarán a pensar en un bebé más como un objeto que como una prolongación de su ser? ¿Cuál será el nuevo status de la mujer, desvinculada de su papel central en la reproducción?


“ TABLA LXXIX

Reproducción de la voz MADRE del diccionario de Cerolang, predicho para el año 2.190, con un margen de error de 5 años (según Zwiebulin y Courdlebye).

MADRE: n. f. 1. MÁquina DRagaminas Espacial atómica. MADRECILLA: idem., tam. de bols., prod. ileg., us. princip. por secuest., terr., maf., gang., drogad., loc., band., chantaj., pervert., y otros. MADRISA: idem, con gas hilarant. MADROÑA: idem, muy usada. MÁDRULA: idem, con brújula. MADRULITA: bomba de nitr. con substr. explos. de litio. MADRUNA: con blind. de isótop. de uranio, nitrógeno y argón (U. N. A.) oc. infec. indeleb. en radio de 1 milla. MADRUNCIA: con carga de 1 onza de uranio (U 235). 2. Mujer que ha dado a luz (arcaic., no se usa).”*

*(tomado del libro “Un valor imaginario”, de Stanislaw Lem).

sábado, 17 de octubre de 2009

Galápagos


Cormorán no volador de las Galápagos (Phalacrocorax harrisi)
"Los seres humanos tenían entonces el cerebro mucho más grande que ahora, de modo que cualquier misterio podía seducirlos. En 1986 uno de esos misterios era cómo unas criaturas que no podían nadar grandes distancias habían llegado a las Islas Galápagos, un archipiélago de picos volcánicos al oeste de Guayaquil, separado del continente por un millar de kilómetros de aguas muy profundas, y muy frías, que venían del Antártico. Cuando los seres humanos descubrieron estas islas, ya había allí salamanquesas e iguanas, ratas de campo y lagartos gigantes, arañas, hormigas, escarabajos, garrapatas y ácaros, para no mencionar las enormes tortugas de tierra.
¿Qué medio de transporte habían utilizado?"


Así arranca la novela "Galápagos", del gran escritor estadounidense Kurt Vonnegut. ¡Qué suerte, haber encontrado una novela tan buena que tiene como trama una historia de evolución, en la que están presentes, en clave irónica, todos los iconos culturales en torno a la teoría de Darwin, y en la que los hechos biológicos tienen una gran importancia en el desarrollo argumental! Es una novela cínica, divertida, pesimista, lúcida, profunda, ácida... En ella se diseccionan sin piedad, como con el bisturí de un zoólogo, la naturaleza humana, los recovecos más secretos de la mente del hombre y de la mujer (que tienen motivaciones diferentes) y la absurda sociedad que hace la guerra y destruye el medio ambiente.


A mí, casi lo que más me ha subyugado de este libro es la original estrutura narrativa: constantemente se cuentan, junto a los hechos que ocurren, los que van a suceder en el futuro. Es una maravilla ir viendo el modo en que las profecías se van cumpliendo una a una y al final todo encaja perfectamente. Un recurso narrativo originalísimo es poner un asterisco a los nombres de los personajes que van a morir en el día que se está relatando, lo que introduce una gran tensión. Otro gran acierto es el personaje que narra la historia, alguien totalmente insospechado hasta el tramo final del libro. Además, Vonnegut se inventa una excusa perfecta para poder introducir citas de otros autores en el discurso de la novela.


Podéis saber qué les ha parecido este libro a Francisco José Súñer Iglesias y a Ceci.

sábado, 3 de octubre de 2009

Un relato de biología-ficción

Me gustaría compartir con vosotros este relato, una sugerente e inquietante fantasía biológica de Tanith Lee, que encontré en La Biblioteca de Sadrac, un estupendo sitio donde hay multitud de novelas y cuentos de ciencia-ficción.

"LA TREGUA
Tanith Lee



El alba había teñido ya el cielo de escarlata cuando Issla abandonó el lugar de plegarias. Issla había pasado en aquel lugar la mayor parte de la noche, sin realmente orar, pero obteniendo un cierto confort con la presencia invisible del alma de los ullakins difuntos. Hoy era el día importante y terrible. Y tantas cosas dependían de lo que iba a ocurrir aquel día que se le hacía intolerable incluso pensar en ello. Drael permanecía inmóvil en la entrada del lugar de plegarias, con el venablo en la mano. Issla se apretó contra aquel cuerpo conocido y amado, buscando protección, y las miserables y aterradas lágrimas terminaron por traspasar la muralla de sus ojos.
—Tranquilo, mi amor —la consoló Drael—. No tengas miedo.
—Pero tengo miedo, de veras —sollozó Issla—. ¿Cómo podría no tenerlo? Hoy me hacen llevar la carga de la vida, e incluso tú que me quieres no vas a hacer nada para detenerme cuando parta hacia el lugar de la tregua para sufrirla.
—No sufrirás —la interrumpió Drael rudamente—. Nadie te hará daño. Es imposible que ellos violen la tregua, aunque sean solo bestias. Yo aguardaré cerca de la entrada de la gruta, con mi venablo, y si me llamas acudiré y mataré al animal que esté contigo. Ten confianza en mí. —Los sollozos de Issla se espaciaron—. Ahora ven —siguió Drael—. El jefe quiere bendecirte antes de que cumplas con tu tarea.
Escalaron la pendiente, el brazo de Drael en torno a los hombros de Issla. El camino era empinado entre las grisáceas rocas y los pocos árboles espinosos que habían conseguido crecer aquí y allá. La fortaleza de los ullakins estaba construida en las rocas, al abrigo de sus enemigos, pero era glacial e inconfortable.
El jefe estaba de pie ante la caverna principal, aguardando, su venablo en la mano; los guerreros ullakins lo rodeaban. Issla se acercó, la cabeza baja, y el jefe le dio su solemne bendición. Luego el jefe tendió el brazo hacia el estrecho desfiladero que serpenteaba entre las colinas, donde antiguamente había discurrido un viejo río secado por el tiempo, y allí estaban ya, los terribles ullaks, el enemigo eterno de los ullakins, pasando sin ser molestados por entre los centinelas perchados en las aristas de roca. Puesto que hoy era el día de la tregua. Issla dejó escapar un sollozo.
—Valor —consoló el jefe—. Drael ha jurado protegerte, al igual que todos nosotros. Pero sé valiente y tal vez salves a nuestra raza y a la suya. Aunque nuestros antepasados son testigos de que el precio que hay que pagar es muy alto.
Issla miró a la tribu que se acercaba y vio tras un instante que no eran tan terribles como se lo habían anunciado. Issla jamás había combatido con los guerreros y nunca había visto a los ullaks tan de cerca, pero no parecían tan distintos de los ullakins. Al menos no tan distintos como decían las historias. Subieron la larga escalera toscamente tallada en la piedra que conducía hasta la fortaleza y, al llegar a su cima, ocuparon su lugar en la plataforma, frente a la entrada de la caverna sagrada.
—Venid —ordenó el jefe. Y los ullakins avanzaron a su vez sobre la plataforma, al primer calor del día.
—Ahora ya no tengo miedo— dijo Issla.
—Eso es bueno —respondió Drael—. Pero recuerda que debes permanecer alerta, ocurra lo que ocurra. Son animales, y sus formas de amar son odiosas. —Con una extraña rabia en la que no estaban exentos los celos, Drael escupió al suelo.

La gruta sagrada, aquella gruta que era tan importante hoy, se abría aproximadamente en mitad del muro de piedra que dominaba la plataforma. Una burda tela de color blanco sucio, pintada con los símbolos rituales de los ullakins, ondulaba ante su entrada, ocultando su interior. A la derecha estaba el jefe enemigo, en primera fila ante sus guerreros ullaks. Las pieles con que se cubrían estaban mal curtidas, y ahora que estaban tan cerca Issla fue consciente de su hedor, un olor que no venía tan solo de las pieles sino también de aquellos cuerpos extraños y de su sudor.
Odio a mi enemigo, pensó bruscamente Issla, recordando el juramento tradicional de los guerreros. Pero hoy no debo odiarlo.
Los dos jefes se acercaron el uno al otro y afrontaron en silencio sus miradas. El jefe de los ullaks era más alto, y una ligera sonrisa cruzaba sus labios; apoyado sobre su venablo, ignoraba deliberadamente e?, carácter sagrado de aquellos instantes.
—Tú eres mi enemigo, pero hoy te rindo honores —dijo el jefe de los ullakins.
El ullak repitió el juramento de la tregua. Volvieron a mirarse en silencio.
Ralka, el portavoz de los ullakins, avanzó y empezó a recitar la razón que motivaba aquella reunión, algo que ya todos conocían. Pero, por conocida que fuera, una gran calma reinó sobre la plataforma mientras todos escuchaban atentamente.
—Nos hemos reunido aquí, olvidando nuestras disputas, para hallar un camino a la supervivencia. Ha sido dicho que en los tiempos antiguos los jóvenes podían nacer del amor, ser llevados por el cuerpo y puestos al mundo intactos. Hoy, ninguna de nuestras dos razas puede producir jóvenes de este modo; hasta ahora, confiábamos en las máquinas reproductoras y en las incubadoras que nos dejaron nuestros antepasados, bendito sea su nombre. Pero hoy las máquinas ya no funcionaban. Las incubadoras se deterioran y los jóvenes mueren. Y lo mismo ocurre a cada lado. Ha sido dicho que antiguamente ullaks y ullakins eran un solo pueblo, y en respuesta a nuestras plegarias nuestro oráculo nos ha ordenado establecer una tregua, poner frente a frente a un miembro de cada una de nuestras tribus, y esperar a que se les aparezca un signo y encuentren el medio de dar nacimiento a una raza híbrida. Vosotros habéis dado vuestro acuerdo. —Ralka hizo una seña a Issla, que avanzó temblorosa—. Esta es nuestra elección. ¿Cuál es la vuestra?
Uno de los ullaks se acercó arrastrando los pies. El alargado rostro que Issla pudo ver definirse frente a ella, bajo la brillante luz del sol, no parecía confiar mucho en sí mismo. Issla sintió una repentina simpatía hacia aquel animal, y su miedo disminuyó.
El jefe ullakin dijo duramente:
—Que ninguno de los dos haga daño al otro. Se os permite matar a nuestra elección si algún daño le es hecho a vuestra elección, y reclamamos el derecho a actuar del mismo modo. Ahora adelante, entrad en la gruta.
Presa del pánico, Issla miró hacia atrás y vio el rostro tenso de Drael y su mano apretando con fuerza el asta de su venablo. Los labios de Drael formularon una frase: Llama, y yo estaré ahí y lo mataré.
Luego Issla alcanzó la cortina al mismo tiempo que el ullak. El trozo de tela fue levantado, la oscuridad pareció atraerlos a su interior, y se descubrieron juntos, la cortina bajada de nuevo, solos en la oscura y terrible gruta.
Las hierbas secas tejían como una alfombra en el suelo. La gruta era fría y húmeda. Pequeñas agujas de tamizada luz se entretejían en los recovecos de las paredes de roca. Issla se acurrucó contra la pared de la gruta y observó al ullak hacer lo mismo frente a ella. Tras un minuto, el ullak habló:
—Me llamo Kloll. ¿Y tú?
La voz era grave y distinta, pero las palabras eran familiares.
—Yo soy Issla.
—Sentémonos —dijo Kloll—. No, no tengas miedo. Yo me sentaré aquí, y tú no tienes otra cosa que hacer más que quedarte donde estás. Realmente, nuestros antepasados hubieran podido encontrar algo mejor que imponernos esto, ¿no crees?
Issla hipó y se santiguó rápidamente para desviar la cólera sagrada. El ullak se echó a reír.
—Vosotros, los ullakins, siempre habéis pensado que erais la crema de la vieja raza, ¿no? Y que los ullaks éramos una especie de degenerados, unos débiles, unos tarados, hechos de escupitajos y excrementos.
Issla permaneció inmóvil, los ojos muy abiertos y el corazón latiendo en su pecho.
—Lo siento —dijo Kloll—. Esta no es la mejor manera de empezar. ¡Maldita oscuridad! ¿Pero qué es lo que hay que hacer?
—Ellos esperan que los antepasados nos guíen —susurró Issla.
El ullak se echó a reír.
Permanecieron largo tiempo así, inmóviles y silenciosos.
Afuera, en la plataforma, los tambores mágicos resonaban, los humos sagrados se elevaban hacia el cielo. Los jefes compartirían probablemente, mediado el día, una tensa comida.
—Bueno —decidió finalmente Kloll—, quizá podamos hablar, si no encontramos nada mejor. Háblame de ti, Issla de los ullakins.
Issla permaneció inmóvil y muda, sin saber qué decir.
—¿Hay alguien a quien ames y de quien puedas hablarme?
—Está Drael —respondió al cabo de un tiempo Issla—, de la casta de los guerreros. ¿Y tú?
—Oh, nosotros no somos tan sentimentales como vosotros. Ensayamos, cambiamos constantemente. También tenemos nuestras orgías sagradas. Supongo que habrás oído hablar de ellas.
—Sí —e Issla reprimió un estremecimiento.
Debes ser valiente, le susurró su cerebro.
Issla se levantó y se acercó al ullak, aproximándose a aquel ser de extraño olor, que ahora ya no le parecía tan repugnante. Era probable que el ullak encontrara también insoportable el olor del ullakin. Se hizo un nuevo silencio, luego, al cabo de un momento, la gruesa pata delantera del ullak se elevó y fue a posarse en los cabellos de Issla. Issla se estremeció, y se dio cuenta de que el ullak también temblaba.
—No tengas miedo —murmuró Kloll.
Y el murmullo fue de pronto el de Drael, en las tiernas horas nocturnas: dulce, ansioso, íntimo. Issla se acercó un poco más a Kloll, hasta que sus cuerpos se tocaron. Y, apretados el uno contra el otro, aguardaron a que sus antepasados les hablaran.
El día adquirió un tono dorado, luego el del oro patinado por el tiempo, y viró bruscamente hacia los tonos violentos del sol poniente. En la plataforma se encendieron algunos fuegos, aquí y allá, y las estrellas brotaron de su cascarón para iluminar el cielo. Drael aguardaba cerca de la entrada de la caverna, los ojos fijos. El vino de raíces había circulado, y las dos tribus enemigas estaban ahora menos tensas, ahogando su inquietud en alcohol. Pero, cuando le ofrecieron la copa a Drael, la rechazó violentamente.

Y en la caverna...
—Ahora te conozco —dijo de pronto Kloll.
—Sí —respondió Issla.
Durante horas no habían pronunciado ninguna palabra, limitándose a permanecer simplemente el uno contra el otro, aguardando. Y la respuesta parecía estar brotando ahora del trance en el que se habían encerrado.
—Ya no tengo absolutamente miedo —dijo Issla—. ¿Por qué somos enemigos desde hace tanto tiempo, cuando en el fondo nos parecemos tanto?
—Escucha —murmuró Kloll—, nos han dicho que, hace mucho, los jóvenes nacían del amor. ¿Quieres que intentemos amarnos? Quizá sea esto lo que desean nuestros antepasados.
Pero el cuerpo de Issla se había tensado.
—Vosotros no hacéis el amor del mismo modo que nosotros —dijo.
—Quizá sea necesario —y el ullak tocó suavemente a Issla, como lo habría hecho Drael, en el profundo hueco de su noche—. Sí, eso es —murmuró Kloll—. Sé que es así.
E Issla, arrastrada como un nadador por la tormentosa corriente que creaban las manos del ullak, se estremeció en lo más profundo de su cuerpo, y se sintió despertar al hambre perdida tanto tiempo y que Kloll poseía.
—Sí, tienes razón —gimió Issla—. Sí, oh sí...
Y luego, en medio de aquella noche, notó algo que se rompía, un dolor repentino.
—No —dijo Issla—. Me estás haciendo daño. ¡No!
—Espera —suplicó Kloll—. Tiene que ser así; lo sé, lo siento en mí.
Pero el ullak era de nuevo un enemigo, y tras un momento de lacerante dolor Issla gritó llamando a Drael.
Las manos de Drael arrancaron la tela de la cortina, profanando los símbolos pintados en ella. Drael vaciló tan solo un instante, buscando discernir en las movientes y entrelazadas sombras quién era Issla y quién era la bestia. Luego, el aguzado venablo se hundió profundamente en la espalda del ullak. Con un grito parecido a la desesperación, Kloll intentó alzarse, cayó boca abajo y murió.
Drael ayudó a Issla a levantarse.
—Todo va bien —dijo Drael—. Lo he matado como prometí que haría. ¿Te ha hecho daño?
—Sí.
Issla lloraba.
Drael arrastró al ullak con ayuda del venablo sólidamente clavado en su carne hasta que quedó expuesto a la vista de todos sobre la plataforma. Se elevó un grito de horror y de rabia. Varios ullaks saltaron hacia adelante; y Drael arrancó su venablo del cuerpo de Kloll y les amenazó con él.
—¡Retroceded, no sois más que bestias sin ningún honor! —gritó Drael—. Vuestro elegido ha roto la tregua, vuestro elegido ha herido a Issla.
Issla salió de la caverna, y había manchas de sangre en la parte delantera de su túnica, una sangre que procedía de la herida que le había infligido Kloll. Los ullaks retrocedieron y se concentraron.
Drael miró unos instantes a Issla, luego se giró brutalmente hacia su jefe.
—¡Matemos a estos animales! ¡Ahora, mientras los tenemos a nuestra merced!
Un rugido de cólera y de temor se elevó de nuevo, pero el jefe dio un paso adelante y abofeteó a Drael.
—Contente —le ordenó el jefe—. Nuestros antepasados recordarán siempre la forma en que has estado a punto de deshonrarnos.
Drael retrocedió, luego dio media vuelta.
—Ahora —proclamó el jefe—, pueblo de los ullaks, debéis alejaros de nosotros. Aquel a quien elegisteis ha herido a nuestro elegido, y tal como convenimos lo hemos matado. Ninguno de vosotros podrá decir que no hemos mantenido nuestra palabra. Sois vosotros, los ullaks, quienes habéis violado la tregua.
Era visible, a la luz de uno de los fuegos, que el jefe de los ullaks contenía difícilmente su ira. Luego, la ira se transformó en tristeza y lamentación.
—Es cierto —dijo el ullak—. Sufro la misma tristeza que tú, puesto que a partir de ahora jamás podremos hallar juntos la paz. Nuestros antepasados nos han demostrado hoy, cruelmente, que jamás podrá brotar una nueva vida de la unión de nuestras dos razas.
El jefe ullak hizo una seña a sus guerreros.
—Partimos de aquí. Dadnos tan solo el cuerpo de Kloll, para que podamos darle sepultura.
—Tomadlo. Marchad por el lecho de este antiguo río, y desapareced como él de la faz de la tierra. Como desapareceremos también nosotros, puesto que ahora ya no hay más esperanza.
Y así la tribu de los hombres se hundió en las tinieblas, llevándose a su muerto, abandonando para siempre la fortaleza de las mujeres aislada entre las rocas.
Y Drael deslizó su brazo por los hombros de Issla y la atrajo hacia sí. Issla escupió tras ellos, en la calma de la noche: Odio a mi enemigo, y apretó su boca contra los cabellos de su amante.


FIN


Título original: The Truce © 1976 Tanith Lee
Traducción: Sebastián Castro
Aparecido en: Nueva Dimensión 137
Edición digital: Arahamar"


El relato nos puede servir para reparar en el hecho de que la cooperación entre los sexos es más bien una rareza en el mundo biológico. Existen incontables organismos en que los dos sexos viven existencias muy distintas, no se reúnen apenas más que para el acto sexual y están en permanente conflicto. Algunos machos viven como parásitos directos de las hembras, otros son zánganos que son tolerados por las hembras hasta que descargan su esperma en los ejemplares reproductivos, otros matan las crías anteriores de las hembras y viven a expensas de ellas, en algunos casos la hembra es inmóvil y se dedica sólo a comer y producir crías, en otras especies las hembras constituyen manadas de cría y los machos adolescentes y adultos viven en comunidades separadas o solitarios, etc. Muchas veces, machos y hembras tienen diferentes exigencias ecológicas. Poco después de establecerse los sexos, en el momento en que uno de ellos invirtió un poco más que el otro en la reproducción (en la práctica, cuando una de las células sexuales se hizo un poco mayor que la otra), se inició una cruenta guerra de los sexos, que se manifiesta de muchísimas formas en la naturaleza. Incluso en los casos en que los dos sexos colaboran en el cuidado de las crías (termitas y algunos otros insectos, algunos peces y anfibios, bastantes aves, algunos mamíferos...), siempre hay una asimetría y existen situaciones de tensión, explotación y chantaje. Los humanos fuimos en las primeras etapas de nuestra historia como cazadores-recolectores mucho más igualitarios en la relación entre los sexos que la mayoría de los animales (a pesar de descender de antepasados con fuerte dominancia masculina). Desmond Morris afirma en su libro "La mujer desnuda" que fue más tarde, con el descubrimiento de la agricultura y la vida en las ciudades, cuando no era necesaria una cooperación tan estrecha entre los sexos para garantizar la supervivencia, cuando los hombres adoptaron muchas conductas machistas. Afortunadamente, la tendencia actual es la de incrementar la cooperación, aunque aún nos queda mucho camino que recorrer y hemos de tener en cuenta que hombres y mujeres presentamos muchas diferencias biológicas (aunque, por supuesto, como personas debemos disfrutar de los mismos derechos).

Otro hecho biológico que se destaca en este relato es la ruptura del himen (también es mala suerte, ya que sólo alrededor del 50% de las mujeres experimentan sangrado en la primera relación sexual). Casi ninguna hembra animal presenta himen. ¿Por qué las hembras humanas sí lo poseen? En la entrada "Himen", del blog "La biología estupenda", de Eduardo Angulo, se discuten algunas ideas al respecto.

Enigmas (I): el juicio de los grajos


Grajo (Corvus frugilegus)

“En la gran planicie que forman las tierras de mi pueblo, de la parte de Molacegos del Trigo, hay una guerrilla de chopos y olmos enanos, donde al decir del Olimpio celebraban sus juicios los grajos en invierno. El Olimpio aseguraba haberlos visto por dos veces, según salía con la huebra al campo de madrugada. Al decir del Olimpio, los jueces se asentaban sobre las crestas desnudas de los chopos, mientras el reo, rodeado por una nube de grajos, lo hacía sobre las ramas del olmo que queda un poco rezagado, según se mira a la izquierda. Al parecer, en tanto duraba el juicio, los cuervos se mantenían en silencio, a excepción de uno que graznaba patéticamente ante el jurado. La escena, según el Olimpio, era tan solemne e inusual que ponía la carne de gallina. Luego, así que el informador concluía, los jueces intercambiaban unos graznidos y, por último, salían de entre las filas de espectadores tres verdugos que ejecutaban al reo a picotazos sin que la víctima ofreciera resistencia. En tanto duraba la ejecución, la algarabía del bando se hacía tan estridente y siniestra que el Olimpio, la primera vez, no pudo resistirlo y regresó con la huebra al pueblo. Cuando el Olimpio contó esta historia, Hernando Hernando dijo que había visto visiones, pero entonces el Olimpio dijo que le acompañáramos y allá fuimos todo el pueblo en procesión hasta el lugar y, en verdad, los grajos andaban entre los terrones, pero así que nos vieron levantaron el vuelo y no quedó uno. Hernando Hernando se echó a reír y le preguntó al Olimpio dónde andaba el muerto, y el Olimpio, con toda su sangre fría, dijo que lo habrían enterrado. Lo cierto es que dos años después regresó al pueblo con el mismo cuento y nadie le creyó. Yo era uno de los escépticos, pero, años más tarde, cuando andaba allá afanando, cayó en mis manos un
libro de Hyatt Verrill y vi que contaba un caso semejante al del Olimpio y lo registraba con toda seriedad.”

Esto relata Miguel Delibes en Viejas historias de Castilla la Vieja, un evocador conjunto de breves relatos sobre la vida rural en esa región española. Como no podía ser de otra forma tratándose de Delibes, la naturaleza está muy presente en el libro.

He mirado el artículo sobre Hyatt_Verrill en la Wikipedia (en inglés) y parece una fuente fiable, ya que fue explorador, escritor de temas de historia natural e hijo de un zoólogo eminente.

En busca de más conocimientos sobre este enigma, he buscado por internet y sólo he encontrado información en la página:

http://tontograve.blogspot.com/2007/04/el-misterio-de-los-grajos.html , donde se dice:

“Buscando en revistas viejas y libros empolvados de bibliotecas antiguas intentaba buscarle el significado al refrán “cría cuervos y te comerán los ojos”, frase misteriosa y traicionera que deja tan mal parados a estos pájaros que se visten con el color del universo.Y así fue como en una revista publicada por una editorial española (para los lectores de habla hispana, puesto que ya había una edición anterior a ésta en ingles) editada a finales del siglo anterior, me encontré con este texto:
“Los grajos son los córvidos más sociales, construyen grajerías con cientos de pájaros por árbol.Tienen suficientes lenguajes como para que los humanos sepan distinguir entre sus llamadas de peligro y de seguridad, pueden imitar el habla humana.Pero hay algo más, el misterio.Es un misterio del cual se derivan las expresiones colectivas que usamos con estos pájaros –“las urracas parlanchinas”, “cría cuervos y te sacaran los ojos”-, el misterio del parlamento de los grajos.

Tenemos un campo vacío. De pronto el cielo ennegrece de pájaros y caen como una lluvia negra sobre el campo y lo cubren por completo o casi por completo…En el centro del campo hay un lugar vacío y en medio de este lugar, un grajo solitario.

Grazna y chilla y grazna algo más en medio de diez mil pares de ojitos que le contemplan, sin parpadear. A veces gritan, como preguntando algo, es como un parlamento, es como un juicio.El grajo solitario sigue graznando y los demás esperan.Esto puede durar horas desde el amanecer hasta el crepúsculo.¿Y que sucede al final?Una de dos.A una señal, que los observadores humanos no han podido identificar, los pájaros levantan el vuelo al unísono y dejan al grajo solitario en el campo.O también al unísono, caen sobre el y a picotazos lo matan.Eso es lo que ocurre.”

En la página web se dice que en la revista se da una explicación a esta conducta, pero que se quiere retar a los lectores a encontrarla, pero luego no se aporta más información y el autor no contestó mi correo.

Una conducta parecida ha sido observada en grupos de chimpancés machos, normalmente huérfanos o expulsados de otros grupos. A veces, un individuo, probablemente el más débil o inadaptado a la vida social, es atacado por todos los demás miembros del grupo. Le dan una brutal paliza y es abandonado. Frecuentemente muere.

¿Podéis vosotros aportar más información sobre este intrigante fenómeno? ¿Por qué aparecen estas conductas en grupos aparentemente bien cohesionados? ¿Qué factores son los que determinan la agresión hacia un individuo concreto? Si sabéis más sobre el tema, por favor, comunicadlo en los comentarios. Gracias.


Nota: si pensáis que ésta es una conducta demasiado sofisticada para un córvido, podéis leer La inteligencia de los pájaros de mal agüero.

viernes, 2 de octubre de 2009

Un botánico soñador (II)

Distintas clases de verdes


“XII. DE LA NUEVA Y ÚLTIMA SABIDURÍA QUE POR LOS OJOS SE LE ENTRABA A ALFANHUÍ


Con las hierbas se hizo Alfanhuí callado y solitario. Se le puso en los ojos un mirar ausente y vegetal, como si una misma hoja diminuta y extraña estuviera mil veces dibujada a lo ancho y hacia lo hondo de su pupila. Alfanhuí había puesto en sus ojos, delante de su memoria, un algo verde y vegetal que le escondía de los hombres, tanto que cuantos le miraban, le creían mudo y olvidado.

Sus ojos eran ahora como claras, espesas selvas, monótonas y solitarias, donde todas las cosas se perdían. Y caía la luz sesgadamente y se hacía silenciosa y pausada al trasluz de las hojas o se posaba en rachas sobre los claros de bosque, dando a la selva, con su variada sucesión de términos, una honda perspectiva interminable. Y desde lo profundo de aquel vario silencio, maduraba Alfanhuí una nueva y multiverde sabiduría.

Hundido Alfanhuí en semejante especialidad, púsose a trabajar día y noche, a ojos abiertos y cerrados. De día se quedaba mirando las hierbas en lo muerto de la herboristería o en lo vivo del monte. Y se tendía en el suelo con los codos hundidos en la tierra y la cabeza entre las manos, observando largo tiempo los minuciosos retoños. O se ponía por la noche, pacientemente, a analizarlos en lo oscuro, porque allí los veía, representados en su memoria, todo lo grandes que hiciera falta y podía estudiar sus detalles y descomponer sus colores como se le antojara, para mejor conocerlos.

Así fue descubriendo Alfanhuí los cuatro modos principales con que los verdes revelan su naturaleza: el del agua, el de los secos, el de la sombra y la luz, el de la luna y el sol. Y así toda sutileza se conocía, porque había verdes que parecían iguales y, sin embargo, el agua, al mojarlos, sacaba de ellos un brillo oculto y los revelaba diferentes. Y éstos eran los llamados “verdes de lluvia”, porque sólo bajo la lluvia se daban a conocer y estaban para guardar en sus gamas el recuerdo de cuanto en los días de lluvia había ocurrido y en lo demás del tiempo se estaban ocultos y nada decían. Porque las mismas cosas tienen, en distintos días, distintos modos de acontecer y lo que ocurrió bajo la lluvia, sólo bajo la lluvia puede ser contado y recordado.

Así por la manera de revelar su naturaleza, se agrupaban los verdes en clases distintas. Esto ocurría, naturalmente, tan sólo con tres de los métodos, ya que el de los secos servía para todo verde, pues no se basaba en una circunstancia, sino en la vida y la muerte del vegetal. Había, pues, “verdes de lluvia” y “verdes de cuando no llueve”; “verdes de sombra” y “verdes de luz”; “verdes de sol” y “verdes de luna”. Entre estas clases, había todavía muchas subdivisiones y paralelos entre clase y clase. Así ocurría, por ejemplo, con la encina y el olivo, con el chopo y el ciprés. El verde de la encina era “verde de sol” y el del olivo, su complementario entre los “verdes de luna”. El “verde olivo” tenía, a su vez, un contrario entre los de su clase: el “verde retama”. Porque nacían en dos lunas opuestas. El de olivo, nacía cuando la luna iba alta y lenta y describía un arco pacífico por el cielo oscuro. El de retama en cambio, cuando la luna corría herida y lujuriosa, como una loba en celo, por el cielo bajo de las claras noches y aullaba derramando un agrio olor y se velaba a ratos de nubes rápidas. También se revelaba el haz de las hojas, en su envés. Así el verde de los chopos, que nacía en la primavera, lleno de sol y de claridad, tenía en su envés el recuerdo de las nieves.

Pero donde mejor se conocían los verdes, era en sus secos. Nadie puede decir que conoce el verde de una planta si no lo ha visto seco alguna vez. Y para esto se valía Alfanhuí de la herboristería. Porque era conocer los verdes, en lo que la muerte les había dejado. Debajo de cada verde hay un seco y cuando aquél se desvanece, éste le revela. Y comparaba Alfanhuí una cosa con otra y había verdes que eran distintos en lo viviente, pero iguales en el seco que les subyacía. Y había verdes que se oscurecían en la muerte y verdes que se aclaraban, y otros que se trocaban en marrón, en rojo o en amarillo. Y aun los había tan sutiles y efímeros que el morir les dejaba transparentes como laminitas de cristal. Algunos había que al secarse presentaban distinto modo de ejemplar a ejemplar, porque habían sido sensibles a cuanto cerca de ellos ocurría. Así sacaban a veces caprichosos dibujos de rayas negras, revelándose testigos de hechos inconfesables. A veces eran dibujos tristes, como un lamento, o dibujos airados que pedían venganza.

En los tarros de la tienda iba buscando Alfanhuí el espejo mortal de cuanto vive, para conocerlo mejor.

Todas estas cosas y muchísimas más aprendió Alfanhuí, el tiempo en que estuvo en casa del licenciado Diego Marcos. Mas cuánto llegó a saber, deja de declararse en esta historia, porque tan sólo el mismo Alfanhuí hubiera podido escribirlo.

Y cuando hubo acabado con todo esto, se le quitó aquella extraña mirada vegetal y le afloró de nuevo a los ojos toda la memoria.

Despidióse de sus amos y dejó Palencia, porque ya mucho le llamaba el recuerdo a la nueva y gentilísima andanza con que este libro termina.”


Rafael Sánchez Ferlosio. Industrias y andanzas de Alfanhuí.